De vacaciones en Ámsterdam con mi hija, decidí visitar la casa de Anna Frank. Quería que ella fuera consciente de las penalidades que sufrieron los judíos bajo el régimen nazi, y en particular los judíos holandeses. Mi hija tenía entonces casi la misma edad que Anna Frank, y pensé que se identificaría con ella fácilmente. Sin embargo, la enorme cola de entrada me hizo desistir. Dando una vuelta por el barrio, encontré un letrero pequeño junto a la puerta de una casa similar a la de Anna Frank que decía, en holandés: “Visite la casa donde murió una familia judía en 1942”. Había solo un pequeño grupo comprando los tickets, así que entramos.
La casa estaba muy bien conservada, con muchos objetos de la época. El grupo subió por una estrecha escalera y la guía nos explicó que allí vivió una familia con doce hijos. Mi hija me dijo que necesitaba ir al servicio y la guía nos indicó cómo llegar a él. Nos dijo también que el grupo avanzaría a la siguiente planta y que allí nos reuniríamos.
El cuarto de baño estaba junto a una pequeña sala de estar atestada de muebles. Mi hija se demoraba y me senté en un sillón que miraba a la ventana. Hacía un calor bochornoso en la habitación, aunque afuera estaba nublado, y los cristales estaban ligeramente empañados. Una mosca revoloteaba intentando salir a través de ellos. Me recliné en el sillón y me abaniqué con el plano de la casa que nos dieron a la entrada. Estaba agotado después de una mañana dando vueltas por Ámsterdam, las piernas me pesaban y los párpados se me cerraban. Pregunté a mi hija si le quedaba mucho, y a través de la puerta, ella contestó que no.
Entonces subió una muchacha morena por las escaleras, vestida con ropas un poco antiguas, pero perfectamente limpias y planchadas.
–¡Hola! ¿Es usted amigo de mi padre?
No entendí a qué se refería con la pregunta, pero simplemente le dije que estaba esperando a mi hija que saliera del servicio. La muchacha subió por las escaleras a la segunda planta, y en seguida un niño con el flequillo lacio que casi le tapaba los ojos vino por el mismo sitio que la muchacha y se sentó junto a mi.
–¿Me ayudas con los deberes?
Aunque sorprendido, me ofrecí a ayudarle un poco, mientras mi hija salía del servicio. Apenas le dio tiempo a mostrarme su libro, porque un chaval de veintitantos apareció dirigiéndose a él y regañándole:
–Jeremías, deja en paz a este señor. Yo te ayudo, si quieres.
En ese momento salió mi hija del servicio. Ella siempre ha sido muy sociable, y al ver a un chico de su edad, quiso entablar amistad.
–¿Cómo es que tienes que hacer deberes en verano?
–He suspendido casi todas las asignaturas, aunque no lo entiendo, porque los exámenes me salían más o menos bien.
–Es por ser judío –apostilló el hermano mayor.
Mi hija y yo nos quedamos sorprendidos, pues no pensábamos que aún hoy en día siguiesen marginando a las personas por su raza o creencias en Holanda. No me dio tiempo a hacer ningún comentario al respecto, porque una mujer que asemejaba ser la madre salió de la cocina y nos preguntó:
–Se quedan ustedes a comer, ¿verdad?
–Es usted muy amable, pero pensábamos comer en algún restaurante junto a los canales.
–No se lo recomiendo: estarán abarrotados y, además, hay mosquitos. ¿Por qué no se quedan?
Pensé aceptar la invitación y así tener oportunidad de aclarar la situación en la que estaban viviendo por ser judíos. Me pareció que mi hija podría aprender mucho más de ello que si hubiéramos visitado la casa de Anna Frank.
–¿Viven ustedes aquí?
–Pues claro.
Era interesante que mostraran una casa que había pertenecido a una familia judía y que aún hoy una familia judía viviera allí. Subimos a la segunda planta, donde se encontraba el comedor y ayudamos a poner sobre la enorme mesa una vajilla de porcelana fina. El grupo de turistas ya no se encontraba allí y supuse que habían bajado por otra escalera. Ya no subieron más turistas y supuse que se debía a que era la hora de comer y estábamos fuera del horario de visita.
Nos reunimos alrededor de la mesa unas diez o doce personas, aunque había algunas sillas vacías. El padre de la familia se llamaba Jacob. La conversación entre todos era muy animada y yo apenas tenía oportunidad de participar. Mi hija se sentó junto a Jeremías y charlaban continuamente.
El primer plato fue delicioso, pero no tuvimos tiempo de probar el segundo plato, pues alguien aporreó violentamente la puerta. Jacob se asomó a la ventana y decidió bajar él a abrir. Se oyó una discusión, aunque desde la distancia no se entendía sobre qué. Al poco subió con un buen número de estrellas amarillas recortadas en tela.
–Tenemos que ponernos esto.
–Papá, ya hemos hablado del tema. No vamos a ponernos nada –dijo uno de los mayores.
–Con eso seríamos el punto de mira de todas las burlas y no nos dejarán comprar en muchos comercios –añadió la muchacha que conocí en primer lugar.
–Vienen con muy malos modos… –repuso el padre.
–Los chicos tienen razón –apostilló la madre.
El chico que parecía tener las ideas más claras se levantó y le quitó a su padre el fajo de estrellas amarillas. Abrió la ventana y las arrojó sobre los hombres uniformados que las habían traído, junto a algunos insultos y comentarios despectivos. Los visitantes se dieron media vuelta y abrieron la puerta disparando sobre la cerradura. Las chicas y las mujeres gritaron, el chico mayor cogió una pistola de un cajón y junto con su padre se precipitó escaleras abajo. Todo sucedió muy rápido. Se oyeron voces y más tiros. Los hombres uniformados aparecieron en el comedor a los pocos minutos, pistola en mano.
–Usted –dijo uno dirigiéndose a mí–, ¡salga de aquí!
En un ataque de pánico, agarré a mi hija de la mano y bajé las escaleras a toda velocidad. Mientras bajábamos, se oyeron más tiros y gritos, carreras, sillas y objetos cayendo al suelo, más tiros y finalmente silencio.
Llegamos al portal y la puerta estaba cerrada y sin señal de disparos. Tampoco había rastro del padre y sus hijos mayores. La taquilla estaba cerrada y no había forma de abrir la puerta de la calle sin llave. Entonces se agolparon las preguntas en mi mente: ¿quiénes eran esos hombres uniformados que de forma tan violenta habían irrumpido en la casa?, ¿desde cuándo los judíos en Holanda tienen que llevar estrellas amarillas?, ¿por qué en el portal no había huella de lo que había ocurrido?...
Mi hija me miraba con cara aterrada.
–¿Por qué han disparado a estas personas, papá?
–No lo sé.
–¡Vámonos de aquí!
–No podemos: tenemos que esperar que termine la pausa para el almuerzo y abran la puerta.
–¡Pues vamos a escondernos!
Intenté mantener la cabeza fría, pues nada a mi alrededor me parecía amenazante. Era como si todo hubiera ocurrido en mi pensamiento, si no fuera porque mi hija también lo había visto. Estuvimos algunos minutos inmóviles y en silencio y no se escuchaba ningún sonido procedente de la casa, solo los ruidos de la calle. Después de un rato, y con mucha precaución para no hacer ruido, subimos de nuevo por las estrechas escaleras, a pesar de los ruegos y negativas de mi hija, que se aferró a mí por detrás mientras me seguía.
¡La casa estaba vacía! Y todos los muebles y objetos se encontraban tal y como los encontramos la primera vez que los vimos. Asombrados y aterrorizados, bajamos de nuevo al portal y nos sentamos en los escalones a esperar que abrieran.
Al cabo de una hora más o menos, la guía se sorprendió al encontrarnos allí cuando abrió la puerta de la calle. Le explicamos lo que había pasado y nos dijo que no éramos los primeros a los que nos ocurría. Varias personas antes que nosotros habían tenido la misma visión, después de haberse quedado descolgadas del grupo por algún motivo, pero muchas otras personas que habían visitado la casa solas, como la propia guía, no habían tenido la experiencia.
Siempre me había interesado la cultura judía, no sé muy bien por qué, y pensé que esa especial sensibilidad quizás me permitió revivir lo que años atrás había pasado allí en la casa, de una forma tan vívida.
–¿Y qué pasó con los cuerpos sin vida de estas personas? –pregunté a la guía.
–Los nazis se los llevaron y, seguramente, los arrojaron a alguna fosa común.
–Según tengo entendido, eso es algo humillante para cualquier persona, pero más para un judío, que sigue un ritual muy detallado para los enterramientos. Por ejemplo, entre otras cosas, el cuerpo debe ser envuelto en un lienzo de lino blanco.
–Por desgracia ¡fueron tantos los judíos que acabaron en fosas comunes en aquella época!
Todo hubiera quedado en una anécdota si no hubiera sido por los acontecimientos que siguieron. Por ejemplo, una tarde, estando en el ático de mi casa, ya de noche, las luces se apagaron y luego volvieron a encenderse pero de una forma muy débil y temblorosa. Bajé las escaleras para dirigirme al cuadro de interruptores de la casa, pero me quedé paralizado al ver que las luces se iban encendiendo al entrar en las sucesivas estancias, siempre con ese brillo trémulo y apagado. Cuando llegué al cuadro de interruptores, estaban apagados, los accioné y todas las luces volvieron a la normalidad.
Otro día, mostrando a un amigo que había venido de visita a la ciudad los restos ruinosos de una sinagoga, al encontrarme en el centro de la pequeña estancia, todo empezó a dar vueltas alrededor de mí y me desmayé.
Cada vez con más frecuencia soñaba con la escena que había vivido. Empecé a pensar que quizás aquellas personas estaban tratando de comunicarse conmigo o que querían algo de mí. Saqué un billete para Ámsterdam y volví a la casa de la aparición. La guía no se sorprendió de verme de nuevo.
–Casi todos vuelven de nuevo como usted, me refiero a los que han tenido la visión.
–¿Cree que las víctimas nos están llamando desde el más allá?
–Mire usted, yo no creo en esas cosas, si creyera quizás no trabajaría aquí.
–¿Me permite subir cuando no haya turistas?
–Suba, suba, ahora mismo no hay nadie.
Acaricié los muebles mientras recordaba la escena. Me daba la sensación de que la familia había vivido allí hacía poco, pero no tuve ninguna experiencia fuera de lo común. Pasé por el comedor y continué subiendo hasta el ático, donde no había estado el día de la visita. Estaba casi vacío, con mucho polvo, y pobremente iluminado por unas ventanas muy sucias que también daban, como todas, a la fachada principal.
–El ático no forma parte de la visita –me asustó la voz de la guía de repente, detrás de mí.
–¿Por qué?
–No tiene interés.
Súbitamente, una idea vino a mi mente.
–¿Puedo pasar una noche aquí?
A fin de cuentas, no tenía ningún lugar reservado para pasar la noche. La guía se quedó sorprendida.
–No sé qué decirle, tendría que consultarlo con el dueño.
–Dígale que no podré robar nada, ya que la puerta de la calle la cerrará usted desde fuera y yo me quedaré sin llave.
–¿Está usted seguro? Quizás después de un rato quiera usted salir y no podrá.
Era cierto. Y sin embargo, en un arrojo de valor, le dije que sí.
Compré algunas cosas de comer y una linterna, y di un paseo para hacer tiempo. Aún quedaban muchas horas de luz cuando la guía cerró la puerta de la calle, y en seguida me arrepentí de mi decisión. ¡Más de doce horas de reclusión! Pero al menos con ello podría estar seguro de que la comunicación con aquellos seres era imposible, o más aún, que todo había sido una ilusión.
Me acomodé en el sillón en el que comencé a tener la visión, o la experiencia, y comí algo relajadamente con cuidado de no ensuciar. Los rayos del sol de la tarde entraban a raudales a través de los ventanales y hacía bastante calor. Como me aburría, empecé a investigar y sin dificultad encontré los impactos de bala en las paredes del salón, lo cual me produjo escalofríos. En una alacena estaban los restos de la vajilla de porcelana que había en la mesa, el día del ataque. En un cajón, el inmenso mantel blanco que cubría la mesa. Nadie me había contado la historia que allí ocurrió, y sin embargo yo la había vivido como protagonista. ¿Cómo podía ser solo un sueño?
Se hizo de noche y me tumbé con cuidado en una de las camas. No ocurrió nada. Ahora que hago un repaso de los acontecimientos, me sorprende el hecho de que no sentía miedo. Más bien me embargaba el deseo de ayudar a aquellas pobres almas que habían encontrado un final tan repentino y trágico.
Como los nervios no me dejaban dormir, al cabo de unas horas me levanté y decidí subir al ático. No encontré el interruptor de la luz, y pensé que probablemente no había luz eléctrica allí. Encendí la linterna y comencé a subir la escala. Antes de empujar la trampilla para abrirla, me sorprendió que algo de luz se filtraba a través de la junta. Abrí lentamente para mirar antes de subir y lo que vi me dejó paralizado: una persona luminosa estaba tumbada en el suelo, recubierta con una especie de sábana translúcida. Estaba boca arriba, completamente recta e inmóvil, con los ojos cerrados.
Cuando pude reaccionar, solté la trampilla, que se cerró de golpe, y reflexioné sobre lo que había visto mientras aún permanecía subido a la escala. No tenía ningún sentido. ¿Quién era aquel hombre joven? ¿Era quizás alguno de los hijos? Pasé unos instantes sin saber qué hacer, hasta que decidí observarlo de cerca para comprobar, entre otras cosas, si el origen de la luz era un foco en el techo y no el propio cuerpo, como me había parecido. A fin de cuentas, me decía a mí mismo, una persona muerta no puede hacerme ningún daño.
Cuando volví a abrir la trampilla, una nueva sorpresa: el cuerpo y la luz habían desaparecido. Solo quedaba en el suelo la sábana, bien doblada. Me quedé pensativo qué significado podría tener aquello, ya que sospechaba que era una especie de mensaje en clave. No puedo decir si lo que escuché a continuación venía de dentro de mi cabeza o era una voz exterior, pero alguien me dijo: “La sábana blanca significa la pureza y la sencillez. Es la aceptación del destino que el Altísimo nos tiene preparado. Es también la puerta a una nueva vida”. Miré a mi alrededor y no había nadie, estaba completamente solo.
Escudriñando el significado de aquellas palabras, bajé y me tumbé en la cama. Esta vez, el cansancio me derrotó y me desperté cuando ya el día estaba avanzado. Durante el sueño parece que mi mente no paró de buscar la solución al enigma, porque al despertar vi claro lo que tenía que hacer.
No pasó mucho tiempo antes de que la guía abriera la puerta y me encontrara justo detrás.
–Vaya, ¡veo que ha sobrevivido usted! ¿Ha pasado miedo?
–Un poco –mentí–. ¿Podría hacerme usted un último favor? Déjeme quedarme a la hora del cierre para el almuerzo, será la última vez. Tanto si consigo lo que tengo en mente, como si no, le prometo que me marcharé.
Un poco reticente, la guía aceptó y se lo agradecí enormemente. El reloj avanzó lentamente hasta la hora del cierre. Me senté en el mismo sillón que la primera vez, y experimenté el mismo calor. El cansancio también hizo mella, puesto que había dormido pocas horas. Increíblemente, no me sorprendió cuando se me acercó una chica y me preguntó:
–¡Hola! ¿Es usted amigo de mi padre?
–¡Hola! ¿Cómo te llamas? –le contesté, para establecer amistad. Si tenía que convencerla de la idea que había tenido por la mañana al levantarme, iba a necesitar una relación de confianza.
–Judith. Y por aquí viene mi hermano Jeremías. ¡Jeremías! ¡Saluda a este señor!
–Hola chico –le dije mientras estrechaba su mano–. Veo que tienes deberes.
El muchacho portaba un libro y un cuaderno bajo su brazo.
–Sí, aunque sepa usted que no comprendo la razón. Los exámenes me han salido bastante bien y, sin embargo, los profesores me han suspendido casi todas las asignaturas.
–Es por ser judío –apostilló otro hermano que venía por detrás, mientras me tendía la mano–. Me llamo Jonás. ¿Cómo está usted?
–Bien, bien. ¿Sabéis por qué estoy aquí? –ellos se miraron sin saber qué contestar–. Claro, evidentemente no. Las cosas se están poniendo muy feas para los judíos aquí, ¿lo sabéis?
–Sí.
–Pudiera ser que los nazis nos hicieran una visita hoy mismo. ¿Estáis todos en casa?
–Tengo una pistola para defendernos –dijo Jonás.
–Me temo que con eso no será suficiente, si deciden entrar. ¿Os han dicho ya que os tenéis que poner una estrella amarilla?
–¿Es usted de ellos? –preguntó Judith.
–No, no, por Dios. Al contrario, soy simpatizante de los judíos.
–Yo tengo un amigo en el colegio que no es judío –añadió el pequeño Jeremías.
–Pues eso, yo soy como ese amigo tuyo. Y creo que lo mejor que podéis hacer es poneros la estrella amarilla.
–¡Eso nunca! –se opuso Jonás–. Tengo varios amigos que, desde que tienen la estrella reciben continuos desprecios cuando van por la calle.
–Incluso no les dejan entrar en muchas tiendas –añadió su hermana.
–¿Y qué haríais si entran aquí y os obligan a ponérosla?
–Prefiero morir –dijo ella.
–Morir matando –continuó él.
–Pues yo os voy a decir lo que debéis hacer: cubriros con sábanas blancas.
–¿¿¿Cómo???
El silencio fue interrumpido por la madre.
–Buenos días, caballero. Se queda usted a comer, ¿verdad?
–¡Por supuesto! –acepté, no había tiempo que perder–. ¿Ayudo a poner el mantel?
Me dirigí al cajón donde se guardaba el mantel y todos se sorprendieron de que yo supiera dónde estaba. Aprovechando el momento de incredulidad, lancé la profecía.
–Debéis creerme: sé que hoy van a venir los nazis a la hora de la comida. Lo sé.
–No creo –repuso la madre.
–En todo caso, no nos iremos –afirmó Jonás.
–Ojalá pudiera convenceros. Pero si llaman a la puerta, solo os pido una cosa: que cada uno se ponga un trozo de mantel blanco por encima.
–Es ridículo –dijo la hermana.
–Puede ser divertido –repuso el pequeño–. ¡Pareceremos fantasmas! ¡Y les asustaremos!
–No es tan fácil asustar a los nazis...
–Tenéis que prometerme que lo haréis –insistí.
–No van a venir de todos modos –concluyó la madre, aceptando indirectamente la propuesta.
Se puso la mesa y llegaron los restantes comensales. Cuando todos estaban reunidos, Jeremías informó a su familia.
–Hemos hecho una apuesta con este señor. Dice que van a venir los nazis hoy a la hora de comer. Si finalmente vienen, le hemos prometido ponernos un trozo de mantel blanco por encima, como si fuéramos fantasmas. ¡Ja!
–Jamás –se negó el padre, muy serio–. Los echaré a patadas.
–No debería usted enfrentarse a ellos –intenté convencerle.
La conversación prosiguió en este sentido, cuando aporrearon la puerta. La familia se quedó en silencio, con las caras pálidas mirándose unos a otros.
–Voy a bajar –se ofreció el padre.
–No te enfrentes a ellos, Jacob –advirtió la madre, que empezaba a creer que mi profecía era cierta. Cuando el padre hubo bajado, les dije:
–Pues bien, ahora os tendréis que cubrir con la sábana como me habéis prometido.
–Oh, vamos, la cosa es seria –se opuso Jonás.
–No hay mucho tiempo…
Se oyó al padre de la familia discutir con los recién llegados. Ante la indecisión general, agarré el mantel y tiré todas las cosas al suelo. Luego, frenéticamente, rasgué el enorme lienzo en tiras de medio metro de ancho, aproximadamente. Aún no había terminado, cuando subió el padre con un fajo de estrellas amarillas.
–No nos las pondremos, padre –dijo Jonás antes de que su padre abriera la boca. Le arrebató el fajo de estrellas y las tiró por la ventana, insultando a los nazis. La escena era muy parecida a la que viví la primera vez. Luego vinieron los tiros en la puerta y Jonás corriendo escalera abajo con la pistola en la mano, acompañado de su padre.
–¡Nooo! –gritó la madre, mientras los demás se quedaban paralizados de terror.
–Tomad, rápido, y subid al ático –les dije mientras les repartía los retales blancos.
No tuve que insistir en lo de subir al ático, sobre todo cuando se escucharon más disparos en el portal. Entré el último y cerré la trampilla detrás de mí. Se escucharon los pasos de las botas de los policías o militares sobre el suelo de madera y susurrar algún mensaje entre ellos. De repente, varios disparos atravesaron la trampilla y ésta se abrió lentamente, dejando ver el cañón de una pistola. Luego una cara se asomó, y la mirada se le desencajó mientras bajaba apresuradamente por la escala, atropellando a su compañero que estaba detrás.
–No puedo –dijo el que había bajado, con voz aterrorizada.
–Hay que hacerlo, o se sabrá lo que ha pasado en el portal. ¡No seas cobarde!
El segundo hombre se asomó también a la trampilla y se quedó igualmente paralizado. Delante de él, en dos filas perfectamente formadas, se recortaban contra la luz que entraba por los ventanales las siluetas de diez fantasmas. Las manos juntas y la cabeza ligeramente inclinada, aunque ocultas, se adivinaban detrás de cada tela. Susurraban todos juntos una letanía rítmica, monótona, penetrante hasta la médula de los huesos. Yo, escondido en un rincón, observaba la escena petrificado, al igual que la cabeza que asomaba por la trampilla. Durante unos momentos pensé que mi estrategia aún podría salvar la vida de aquellos inocentes, pero el inmisericorde oficial apretó los dientes y disparó repetidamente, hasta que todos cayeron al suelo. Luego desapareció.
Las lágrimas corrían por mi rostro, incapaz de reaccionar. Me levanté lentamente y comprobé que no había vida en aquellos cuerpos amontonados. De repente, la luz que entraba por el ventanal se hizo más intensa, como si una nube se hubiera quitado de delante del sol, y luego más intensa aún. Iluminados por los intensos rayos, los cuerpos inertes parecían resplandecer a través de las sábanas. Apenas podía dirigir mi mirada hacia la ventana, deslumbrado por la luz, pero pude distinguir que junto con la luz entraba en la habitación un hombre joven vestido con una túnica blanca. Me pareció que era el mismo joven que había visto a medianoche, tumbado en el suelo del ático, cubierto por la sábana translúcida, pero esta vez estaba en pie y con los ojos abiertos, brillantes como antorchas. Extendió sus manos sobre los cadáveres y lentamente se pusieron en pie, como cuerpos ingrávidos manejados por fuerzas invisibles. Una vez en pie, formando un semicírculo alrededor de él, abrieron los ojos.
–Habéis sido muy valientes –retumbó una voz sin que el joven moviera los labios.
Los brazos de los resucitados pendían paralelos al cuerpo y sus pies apenas tocaban el suelo, como marionetas sujetas por la nuca con hilos invisibles
–Venid, os llevaré a la presencia del Padre –y dejando caer al suelo los trozos de mantel, le siguieron flotando a través del torrente de luz.
Me quedé anonadado durante un tiempo que no puedo precisar, hasta que el ruido de la puerta de la calle al abrirse me despabiló. La guía me llamó, desde lejos, y yo comencé a bajar del ático. Ella vio algo en mi rostro que la impresionó y no se atrevió a hacer preguntas. Con una sonrisa, le agradecí que me hubiera permitido tener esa última experiencia.
–Ha sido usted de gran ayuda para la familia que aquí habitó –y me despedí.
Sé que es difícil de creer lo que acabo de contar, pero tengo algunas pruebas de que no fue un sueño. La vajilla de cerámica estaba hecha añicos por el suelo cuando la guía subió, y tuve que pagar una compensación. Las señales de disparos en las paredes del salón desaparecieron misteriosamente, y en cambio, en la trampilla del ático aparecieron varios agujeros que aún pueden contemplarse. La guía puede confirmar que esos agujeros no siempre han estado ahí. El mantel hecho jirones no pude encontrarlo, probablemente alguien lo tiró a la basura. Sólo mi hija ha creído mi relato, y muchas noches me dice que habla con su amigo judío que está en el cielo.
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