EL DEDO
Aquel iba a ser el golpe de nuestra vida. ¡Y vaya si lo fue!
Conseguir el anestésico en tan gran cantidad, sin despertar sospechas, fue cuestión de paciencia, poco a poco, sacando las botellitas de una en una del almacén del hospital. El servicio de administración nunca se caracterizó por llevar la contabilidad de una forma muy rigurosa, es lo que suele ocurrir en los hospitales públicos. La función del ballet fue anunciada a bombo y platillo unos nueve meses antes, lo que nos dio tiempo suficiente para prepararlo todo. A esa función asistiría toda la aristocracia londinense, luciendo sus mejores joyas para presumir de ostentación.
Cierto: una vez realizado el golpe, investigarían lo del anestésico y lo relacionarían con la pérdida de material en el hospital. Pero si todo salía como estaba previsto, yo ya estaría de vacaciones permanentes en el Caribe, después de dejar mi trabajo de celador.
El día de la función, el patio de butacas y los palcos estaban completamente llenos. Las damas lucían sus vestidos de encaje, diademas, pendientes y collares. Los caballeros también mostraban orgullosos sus costosos anillos y gemelos. Toda la seguridad consistía en una pareja de policías apostados a ambos lados de la entrada, que se quedaron en el interior para disfrutar también del espectáculo, una vez cerrada la puerta.
Se apagaron las luces, se abrió el telón y apareció una escena espectral: un cementerio cubierto de niebla, de la que solo asomaba la parte superior de las lápidas y algunos árboles sin hojas. Las máquinas de niebla artificial, a pleno rendimiento, consiguieron una ola que caía del escenario y se difundía sobre las butacas, arrancando la admiración de los presentes. También de las rejillas de ventilación del techo se descolgaban racimos de humo sobre los palcos. Sin darse cuenta, todo el público cayó en un profundo sopor, provocado por el anestésico mezclado con la neblina, al tiempo que nosotros nos protegíamos con máscaras antigás.
Los bailarines y demás personal del teatro estaban amordazados en los camerinos, lo que nos dio tiempo suficiente para recorrer todas las butacas vaciando los bolsos y carteras y cogiendo todo lo que nos parecía de más valor, mientras continuaba sonando la música por los altavoces. Una dama bien gruesa llevaba un anillo de diamante del tamaño de una nuez. ¡Aquello debía valer una fortuna! Pero el anillo se resistía a salir, de lo hinchados que estaban los dedos. Entonces Harrison, que era el que lo había organizado todo, sacó su navaja.
—¡No, por favor! —traté de interrumpirle— ¡Déjalo, ya tenemos bastante!
—Este anillo puede costar tanto como todo el resto del botín —replicó—. No pienso dejarlo atrás. Saca una de las bridas que hemos usado para inmovilizar a los bailarines y hazle un torniquete en el dedo, entre en anillo y la mano. No quiero que muera desangrada.
—¿La dejarás sin un dedo para el resto de su vida por un anillo?
Harrison se quedó pensativo unos instantes. En la penumbra del patio de butacas, el brillante relucía con un fulgor azulado hipnotizante que contrastaba con el esmalte rojo de sus largas uñas. Sin dejar de mirarlo, Harrison agarró con fuerza su navaja y la hundió en la carne. La mujer se estremeció, a pesar de la anestesia, y temí que despertara.
—Sujétala bien, Percival —me ordenó.
Noté cómo la mujer aún dormida intentaba retirar la mano, mientras yo la apretaba tembloroso sobre el reposabrazos con mis dos manos. Harrison quebró el hueso del dedo con un golpe seco de la mano izquierda sobre la cuchilla de la navaja, y lo metió en el saco con todas las demás joyas, con el anillo aún puesto. Pero la herida sangraba bastante.
—No has apretado bien la brida, inútil —me gritó.
—Vámonos ya —le espeté—, creo que me estoy mareando.
—Okey, terminemos solo con las primeras filas, que es donde están los más ricos.
Harrison se llevó el saco con todo el botín porque, según estaba planeado, lo iba a llevar a un tasador para que lo valorara, y así hacer dos partes iguales. Salimos por la puerta trasera del edificio, con toda tranquilidad para no despertar sospechas, y nos separamos. La imagen del dedo sangrante se me quedó grabada en la mente mientras iba de camino a casa. Ya había presentado mi dimisión en el hospital, así que no tenía más que esperar que Harrison me avisara para hacer el reparto.
Al día siguiente leí en el periódico que la señora del anillo había muerto, y me arrepentí de haber participado en el crimen. El plan era un robo limpio, sin víctimas. No quería tener una muerte pesando sobre mi conciencia, aunque realmente había sido Harrison el culpable de ello. Lo llamé por teléfono y le quitó importancia, recordándome el gran valor de lo robado. Le pregunté si tenía el botín en su habitación.
—Oh, no, aquí lo encontrarían enseguida si vienen a registrar. No te preocupes, está en un sitio donde nunca se les ocurriría buscar, a la espera de que el tasador vaya a verlo. Hoy domingo dice que no trabaja y, además, hoy el lugar estará muy concurrido. ¡Es un sitio muy apropiado para un dedo, jajaja!
Esas eran las únicas pistas que me dio. Al día siguiente apareció muerto en su habitación. En el periódico no indicaba la causa de la muerte, pero debió ser un infarto o algo así. La policía lo encontró cuando fue a interrogarle, ya que era uno de los cacos que tenían fichados desde hacía años.
Fue Harrison el que me buscó a mí y me propuso lo del atraco, porque necesitaba el anestésico. Él conocía a mi hermano y sabía que yo era una persona solitaria, a la que no le importaría desaparecer de Londres: nadie me echaría de menos. Podría dejar mi mísero sueldo de celador y disfrutar de todo lo que la vida me había negado hasta entonces: mujeres, fiestas, viajes a sitios donde nunca llueve…
Pasaron unos días y no paraba de darle vueltas a mi situación. Estaba sin trabajo y pronto se me acabaría el poco dinero que tenía ahorrado. ¿Dónde habría escondido Harrison el botín? ¿Quizás una iglesia, ya que dijo que estaba muy concurrido por ser domingo? ¿Cómo pudo ponerlo en un sitio muy concurrido sin que nadie lo viera? Estuve registrando palmo a palmo la pequeña iglesia del cementerio que estaba cerca de su vivienda, con disimulo, como si estuviera rezando, pero no encontré ningún hueco donde hubiera podido ocultar el saco. Me lamentaba de no poder hablar con él y preguntarle… Finalmente se me ocurrió contactar con una médium, había una en mi barrio que decían que era muy buena. Aún podía permitirme pagarle sus honorarios, y si conseguía recuperar el tesoro, la recompensaría ampliamente. Ella al principio no quiso mezclarse con asuntos criminales, pero la convencí ofreciéndole una porción generosa.
Esa misma noche vino a mi casa junto con otras personas que trabajaban habitualmente con ella y le aportaban la energía necesaria, según me explicó. Temí que alguna de ellas, una vez revelado el emplazamiento de las joyas, fuese a por ellas y me las arrebatase, pero tenía que arriesgarme. Me pidió oscurecer totalmente la habitación, incluso tapando las rendijas con cinta aislante. Nos colocamos en círculo, con las manos unidas, alrededor de una mesa de madera. Después de un largo rato, en el que nuestros espíritus se fueron sincronizando, apareció un vapor brillante en el centro de la mesa, que fue adoptando la forma de una mano con cuatro dedos. ¡El dedo que le faltaba era precisamente el del anillo!
—¿Quién eres? —preguntó una de las ayudantes de la médium, y la mano se movió, dibujando una H sobre la mesa, la cual quedó brillando durante unos instantes, como si algo de la materia fosforescente de la mano se hubiera desprendido al frotar con la madera.
—H de Harrison, muy bien. ¿Está aquí tu amigo, querido Harrison?
La mano extendió su dedo índice y me señaló a mí. Me quedé helado, pues al principio pensé que se habían equivocado al convocar al espíritu y que tenía ante mí la mano de la víctima del teatro.
—¿Quieres revelarnos dónde escondiste las joyas, Harrison?
La mano dibujó un rectángulo alargado sobre la mesa y una cruz en su interior, y se desvaneció.
—Muchas gracias, Harrison. Te deseamos una feliz estancia en el más allá —se despidió la colaboradora de la médium.
Una vez finalizada la sesión, encendimos las luces y discutimos qué podría significar aquel dibujo. ¿Un ataúd, quizás? ¿Y de quién sería el ataúd? ¿El suyo propio? Imposible, pues cuando escondió el botín no tenía ni idea de que iba a morir esa noche. Pensé que podría ser alguna tumba del cementerio, ya que estaba cerca de su casa, y es un sitio frecuentado los domingos.
En cuanto se fue la médium con sus ayudantes, fui al barrio donde vivía Harrison, salté el pequeño muro del cementerio y busqué con la linterna una tumba que tuviera la tapa suelta o ligeramente movida. El cementerio era grande, pero seguramente lo había escondido en alguna de las tumbas más cercanas a su casa. A pesar de que llovía intensamente, no tardé en encontrarla. Empujé la tapa y la giré hacia un lado, sin demasiado esfuerzo. El hueco estaba vacío, seguramente habrían trasladado los restos a otro lugar. Metí la mano para tantear los rincones más oscuros, y me topé con algo. ¡Era un saco! Lo abrí un momento para comprobar que contenía las joyas, y me lo cargué a la espalda para irme de allí lo antes posible.
—¡Peeercivaaal! —escuché una voz lejana, como un susurro. Miré a mi alrededor y agucé el oído, pero solo escuchaba el repiqueteo de la lluvia sobre los mármoles. A lo lejos, me pareció ver una especie de humo luminoso sobre una de las tumbas. Una parte de mí quería echar a correr, pero otra parte lo miraba con curiosidad, cómo se elevaba y retorcía. Según me dijeron en el hospital, los cadáveres a veces despiden unos vapores de compuestos fosforados que emiten en forma de luz la energía residual, y con esta idea intenté tranquilizarme. Al proseguir mi marcha, de nuevo escuché la voz de ultratumba de Harrison que decía:
—¡Miii deeedooo!
Entonces me di cuenta de que la figura vaporosa estaba mucho más cerca, moviéndose hacia mí, a lo largo del sendero. Eché a correr como pude, con todo el peso de las joyas, pero me resbalé y caí sobre un charco embarrado. De nuevo escuché la voz, resonando dentro de mi cabeza, repitiendo una y otra vez:
—¡Miii deeedooo!
Parte del contenido del saco se había desparramado por el suelo, apareciendo entre las perlas y billetes algo parecido a un palo. Lo cogí para examinarlo y descubrí una uña blanca y mal recortada, como solía tener Harrison. Arrojé el dedo seco al espectro que me perseguía, metí dentro del saco la mayoría del contenido que se había salido, y salí del cementerio todo lo rápido que pude.
Cuando llegué a casa, la ducha caliente no consiguió relajarme. Aún metido en la cama, los escalofríos recorrían mi cuerpo. El recuerdo de la voz de Harrison bloqueaba mi mente. ¿Realmente era ese su dedo? ¿Qué hacía ahí? Al día siguiente, vacié el contenido del saco en la bañera, para limpiar de barro su contenido, pero el dedo de la mujer del teatro no estaba allí, aunque sí estaba el diamante. Desde luego, el dedo que cayó al suelo del cementerio no era grueso ni tenía esa uña larga y redondeada, pintada con esmalte rojo, que yo recordaba perfectamente.
Al día siguiente, mientras desayunaba, estaba pensando en comprar un billete de avión lo antes posible para salir del país, cuando llamaron a la puerta. Era la médium, que traía un sobre en la mano.
—Buenos días, vengo a por mi parte, y a entregarle esto.
—Pero… ¿cómo ha sabido usted…?
—Tengo mis contactos, ya sabe —dijo, mirando hacia el techo por un instante.
Un poco reticente, cogí una caja, puse en ella un puñado de joyas y se la entregué.
—Tengo un encargo un poco especial, un diamante bastante grande —se atrevió a decir.
Me quedé congelado. ¿Cómo podía saberlo? Aterrorizado por la única respuesta posible, no me atreví a contrariarla, y puse dentro de la caja el diamante, sin pensar en el enorme valor que tenía.
—Ella quiere que lo conserve su familia, ¿sabe? No es para mí.
—¿Y ese sobre?
—Ayer, como ve, tuve varias revelaciones sobre este asunto. Oía una voz dentro de mi cabeza que me impulsaba a escribir. Cogí papel y bolígrafo y tomé nota del relato que escuchaba. Creo que es su amigo Harrison, que quiere enviarle un mensaje. Aquí tiene.
Cuando ella se fue, rápidamente abrí el sobre y me senté para leerlo.
“Estimado Percival. Debí hacerte caso cuando me dijiste que me detuviera, por lo del diamante. Ahora ya es demasiado tarde. Espero que tengas suerte y disfrutes de lo robado, pero el dedo que hay en el saco, por favor, déjalo en mi tumba, pues lo necesito. No es el dedo de la señora del teatro. Ella vino a verme la noche del domingo, mientras yo preparaba la cena. Oí unos pasos detrás mía, que me helaron la sangre. Cuando vi moverse uno de los cuchillos de la cocina, me quedé paralizado de horror. Percibía unas vibraciones que me transmitían odio y desprecio. Intenté alejarme hacia atrás, pero mi mano estaba pegada a la tabla de cortar y no podía moverla. El cuchillo se elevó en el aire, con la punta hacia abajo, y cayó con fuerza y precisión sobre mi dedo anular, quedando clavado en la tabla. En ese momento ya pude retirar la mano, y traté de cortar la hemorragia con la otra mano. El dedo recién cortado se elevó en el aire y escribió en el vaho de la ventana: en lugar del mío. La ventana se entreabrió y el dedo salió al exterior, en dirección al cementerio. Un dolor agudo agarrotó mi pecho mientras un sudor frío recorría mi frente. Y casi sin darme cuenta, ya estaba en el otro lado. Ahora ya sabes la verdad.”
Toda esta historia, en la distancia, no parece más que un feo sueño, mientras me tomo un combinado con hielo, bajo los rayos del sol, en una playa del Caribe, pues mi conciencia está totalmente tranquila. Sinceramente, ¡no creo que Harrison y la señora del teatro me estén esperando para pedirme cuentas!
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