Friday, January 1, 2021

Obsesión

1 de enero. 11 de la mañana. Limpio con la mano el vaho del cristal. ¡Qué magnífico día, cielo azul! Mmm, me apetece salir a respirar el aire limpio del nuevo año. Me pongo mi chaquetón y mis guantes, mi gorro y mi bufanda, abro la verja y ¿qué me encuentro? ¡Otra vez se ha meado un perro en la entrada de mi casa! No se mean en las puertas de las casas de los vecinos, me he fijado. Lo traen para que se mee aquí, por algún motivo les gusta cabrearme. Pero esta vez voy a hacer un propósito de año nuevo: voy a impedir que se meen. Esta será la última vez.

—Lenny, ¿has visto pasar a alguien esta mañana por delante de nuestra casa?

—¿Desde la ventana de la cocina, quieres decir?

—Desde donde sea. ¿Has visto a alguien pasar con un perro?

—He visto a Mr. McQueen, pero no sé si llevaba el perro, desde donde yo estaba no se ve.

Mr. McQueen, seguro que es él. Un maestro de escuela jubilado, que cree que todavía tiene que castigar a los que se portan mal. Pero no sé por qué me tiene esa manía, a mí, que me esfuerzo continuamente por cumplir todas las leyes y reglamentos. Quizás porque le dije que no puedes sacar la basura a las 6 de la tarde, aunque te tengas que ir de viaje. La puedes guardar en el patio trasero y tirarla cuando vuelvas de viaje. Pero esta gente siempre cree que puede saltarse la ley por algún motivo. Como cuando aparcó el coche delante de su casa. ¡Como si no supiera que en esta acera está prohibido! Lo pone claramente al principio de la calle, hay que aparcar en la acera de enfrente, junto al muro. ¿Que le duele la pierna? Bueno, ¿y qué? ¿Es que no va a ir andando desde el coche hasta la puerta de la casa, atravesando el jardín delantero? Si puede andar diez pasos, también puede andar veinte. ¡Que apenas circulan coches por esta calle, me dice! ¡Que esa señal la pusieron cuando la calle paralela estaba en obras, pero que ahora todo el mundo tira por ella y ya no pasa nadie por aquí! ¿Es que no puede entender que la ley hay que cumplirla, hasta que la cambien? Bueno, voy a limpiar con lejía la mancha, si no el olor atraerá a todos los perros callejeros para que se meen en mi puerta.

—¿Qué quieres comer hoy, cariño?

—Me apetece una ensalada, o algo de verdura, que anoche comí demasiado.

—¿No te apetece comer los restos que sobraron ayer? Aún están muy buenos…

—Pues no, si es que quieres saber lo que me apetece.

—Es que me gustaría ir a ver a Lily, dice que se encuentra mal, que anoche se fue a la cama pronto, antes de las campanadas de medianoche.

—Anda, y vete, ya prepararé yo algo de verdura congelada.

—Pues echa también para mí, que el bacon con pasas de anoche engorda mucho.

No sé para qué me pregunta, si lo tiene claro. Bueno, sí, para que yo me quede preparando la comida, bajo la amenaza de comer los restos de ayer. Todo el mundo hace lo mismo, te dicen una cosa para provocar en ti una reacción. Manipulación. Como esa Lily, que seguro que se dio el atracón anoche, y se bebió una botella de vino ella sola. ¡Por eso se encuentra mal! Lo que tiene es un resacón. Y ahora mi mujer, como es tan servicial, se pondrá a recogerle los platos de anoche, y a limpiarle la casa, e incluso a prepararle algo de comer. ¡Y mientras yo aquí haciendo comida para los dos!



2 de enero. 9 de la manaña. Llevo un rato vigilando por la ventana a ver si pillo a McQueen con su perro meándose en mi puerta. No saldrá antes de las 9, creo, en pleno invierno.

—Cariño, ¿puedes bajarme una caja del altillo, que no llego? Es que si lo intento, me parece que me voy a caer. Estoy en el dormitorio.

—Voy para arriba.

Una caja enorme, la cojo con las dos manos y la apoyo contra mi cara. No veo nada. La escalera tiene una pata coja, así que tengo que guardar el equilibrio. Me giro con cuidado, pero la esquina de la caja tropieza con la puerta abierta, lo suficiente para perder el equilibrio. Menos mal que me caigo sobre la cama, pero la caja ha caído sobre mi cara y mi pierna se ha enredado en un peldaño de la escalera.

—¡Ayúdame!

—No puedo con la caja. Lo intentaré con la escalera.

—¡Pero así no! ¡No tires de la escalera de ese modo que me vas a hacer un esguince!

—¡Mira! Mr. McQueen me ha saludado con la mano. ¡Buenos días!

Oh, no. Estará partiéndose de risa de ver el espectáculo. ¿O quizás no se ve la cama desde abajo? En todo caso, seguro que ya se ha meado el perro. Cojeando, bajo a la planta baja. Efectivamente, ahí está la mancha fresca, aún chorrea.

—¡McQueen! ¡Llévese a su perro a mear a otra parte!

Pero Mr. McQueen no gira la cabeza, está sordo. O al menos eso dice. Sordo para lo que quiere. Lo peor es la sordera mental, que no se entera. Otra vez a limpiar. Esta vez voy a la droguería, a ver si tienen algún repelente para perros, hoy está abierto.



3 de enero. 9 de la mañana. Hoy está nublado, hace menos frío. ¡Vaya, ya se ha meado otra vez el perro! ¡Sobre el repelente! Voy a reclamar a la droguería, esto es una estafa. Se ve que hoy Mr. McQueen ha salido antes, él le teme mucho al frío, pero hoy realmente no hace frío. Quizás tenía prisa porque tenía que ir a alguna parte, el coche no está frente a su casa.



—¿Cómo? ¿Que no lo puedo devolver porque está el paquete abierto? ¿Y cómo quiere que lo pruebe, si no? Mire: esto no es repelente ni nada.

—Es que algunos perros tienen una enfermedad que les deja sin olfato, creo que es un virus.

—¡Imposible! Este perro se mea todos los días en mi puerta, será porque lo huele, digo yo.



4 de enero. 8:30 de la mañana. Esta vez no se me escapa, la puerta está limpia. No voy a perder ojo, ni aunque me llame Lenny. Es un poco aburrido estar aquí, pero merece la pena. Una vez que lo pille in fraganti le voy a quitar las ganas de traer al perro a mear aquí. Le diré: “No tiene usted vergüenza”. Claro, que él se hará el sordo. O dirá: “Es que el perro quiere venir para acá.” Pero, ¿no lo tiene usted atado con una cuerda? ¡Pues llévelo hacia otra parte, hombre!

—¡Rufus! ¡Rufus! ¡Ven aquí!

¡Dios mío! El perro se le ha escapado. McQueen viene hacia aquí, corriendo detrás de su perro. Tengo que salir antes de que lo haga. Abrigo, guantes… ¡A la porra los guantes, que si no no llego a tiempo! Demasiado tarde: abro la puerta y el perro está meando justo en este momento. Me mancha las zapatillas. Siento el líquido caliente que penetra a través del tejido. ¡Qué horror, qué asco!

—Lo siento, McDonald. ¡Ha salido tan rápido! Y yo ya no estoy para carreras, comprenda usted…

—¡E...e...esto no puede ser! Aquí no se puede mear. ¿Por qué no lo lleva usted por la acera de enfrente?

—La acera de enfrente tiene muchos baches, y yo padezco de la cadera, ¿sabe? Si meto el pie en un hoyo sin darme cuenta, ¡veo las estrellas!

Esto es el colmo, encima justificándose. ¿No se le cae la cara de vergüenza?

—A mí me da igual. Si vuelvo a ver a su perro meándose en mi puerta, lo mato. ¿Entiende?

—Muchas gracias, pero no hace falta, ya lo ato yo. Y lo llevaré bien atado de ahora en adelante. Tenga usted un buen día.

Ahora se hace el amable, pero en realidad me odia. ¿Cómo puede tener esa doble cara? Yo no soy amable, lo reconozco, pero al menos digo la verdad a la cara, no voy manipulando a la gente. Porque lo he dicho claramente: lo mato. Él se ha hecho el sordo, pero estoy seguro de que lo ha entendido. “Lo llevaré bien atado de ahora en adelante” para que evitar que usted lo mate, eso es lo que ha querido decir. Si hubiera querido ser amable, me hubiera dicho: “Perdone, ahora mismo me llevo sus zapatillas para lavarlas”. Pero no, ahora tendré que darle las zapatillas a Lenny para que las lave.

—¿Lavar yo tus zapatillas meadas? ¿Qué quieres, que las meta en la lavadora con la ropa normal? ¡Qué asco! Eso hay que lavarlo a mano, en la pila del patio trasero. Toma, usa este jabón.

¡En la pila del patio trasero, que sale el agua helada! Bueno, eso si sale, porque la semana pasada hizo tanto frío que no salía el agua por el grifo. Y tendré que ponerme unos guantes, porque no pienso tocar eso. Brrr, sale el agua helada, se siente el frío cortante a través de los guantes de goma. Hay que frotar bien, que el olor es muy fuerte. Y ahora las pondré encima de la estufa, que hoy no seca el día.



—Cariño, huele a quemado. ¿No habrás puesto el sillón otra vez tocando la estufa?

¡Cielos! ¡Se me habían olvidado las zapatillas! ¡Vaya, qué desastre, para tirarlas, totalmente chamuscadas y el plástico derretido! Pero esta será la última vez: si el perro se vuelve a mear, cumpliré mi amenaza.



5 de enero. 10 de la mañana. Estoy esperando al perro de McQueen, con las botas de goma puestas. Vaya, parece que hoy se retrasa. Voy a salir otra vez a comprobar que no se ha meado aún. ¡Oh, no! ¿Cómo es posible? No ha pasado nadie por delante de la puerta desde las 8 de la mañana, cuando salí a comprobar que aún estaba limpia. Otra vez se le habrá escapado. Pero esto no va a quedar aquí, voy ahora mismo a hablar seriamente con él.



—¿Rufus? No, imposible, no ha salido todavía, hoy está pachucho, como su dueño. Tenga usted en cuenta que tiene 12 años y eso, para un perro, equivale a 84 años humanos, ya sabe, cada año de un perro son como 7 años humanos. ¿O eran 6 años humanos?

—Creo que eso depende de la raza…

—Pues lo que usted dice habrá sido un perro callejero, últimamente he visto alguno por aquí.

—Imposible, lo desinfecto con lejía cada vez que su perro se mea, para que no atraiga a los otros perros.

—Pero los perros no solo se guían por el olfato, también les gusta marcar con orina los objetos llamativos, y su puerta está como nueva, con ese brillo y ese color verde, tan llamativo que a mi perro le encanta orinar allí.

—La pinté el mes pasado —digo, tratando de ocultar mi furia.

—Si es que es usted muy cuidadoso, se nota nada más ver la fachada de su casa, todo tan limpio y bien conservado. Y también es que usted cuenta con la ayuda de su mujer. Yo en cambio, desde que me quedé viudo, tengo la casa más bien descuidada, ahora tengo muchas cosas de qué ocuparme y cada vez menos energía.

—Entonces, ¿seguro que no ha sido su perro?

—Seguro. Además, he decidido que a partir de hoy pasearé al perro hacia el otro lado de la calle. Ya sabe usted que siempre doy una vuelta a la manzana, y de ese modo cuando el perro pase por delante de su puerta ya no tendrá más gana de hacer pipí. Aunque usted le vea levantar la pata, ya no sale nada. ¡Es simplemente el instinto de marcar territorio!

—¡Pues procure usted que no levante la pata delante de mi puerta!

—A veces es difícil, es como un rayo, ¿sabe? Levanta la pata y dispara como una pistola de agua. Pero ya le queda poco, ¿sabe? Hoy se le ve pachucho. Creo que ya le queda poco, como a mí.

—Bueno, nunca se sabe, a veces uno más joven muere antes que otro más viejo.



El perro es bastante viejo. De hecho, su dueño ya se ha hecho a la idea de que morirá pronto. No será una gran pérdida para él. Con unas salchichas envenenadas será rápido. Las pondré delante de la puerta, y cuando pase no podrá resistirse. Voy a la droguería a comprar veneno.



—¿Un veneno lento?

—Sí, que no actúe de inmediato, sino más tarde. Verá, es que no quiero encontrarme las ratas muertas en mi casa, quiero que mueran en su nido, o en su casa, o donde sea.

—Ah, un veneno retardado. Lo tenemos.

—¿Me devolverá el dinero si no funciona?

—Le aseguro que funciona. Usted no volverá a ver las ratas.

—Y si no veo las ratas, ¿cómo sabré que han muerto? A lo mejor simplemente el líquido las ha ahuyentado.

—¿Y no quería usted un líquido para ahuyentar perros, cuando vino usted aquí el otro día? Pues úselo como ahuyentador. Desde luego, ya le expliqué que no podemos devolver el dinero cuando el paquete ha sido abierto.

¿Cómo le digo que necesito estar seguro de que el animal ha muerto? Bueno, tiene razón, si no sirve como veneno, lo usaré de ahuyentador. El caso es que no se acerque más ningún perro a mi puerta.

—Ahora bien, yo si fuera usted, no ahuyentaría a los perros. Las ratas le temen a los perros, ¿sabe? Donde hay muchos perros no se acercan las ratas.

¡Esto es el colmo! Ahora tengo que tener la puerta meada para que no se acerquen las ratas. Menos mal que en mi calle no suele haber ratas. ¿O será porque está cerca el perro del vecino? Bueno, de momento vamos a ocuparnos del perro y luego nos ocuparemos de las ratas.



Y ahora, ¿cómo meto el veneno dentro de la salchicha? Lo intento con una jeringa, pero el líquido sale por el mismo agujero. Quizás dejándolas en remojo unas cuantas horas. Voy a vaciar el líquido de un bote de salchichas y a reemplazarlo por el veneno. Y le voy a poner otra vez la tapadera para evitar que se derrame. Vaya, el veneno tiene el mismo color que el líquido original, se podría confundir. Sacaré todas las cosas de la alacena y lo pondré en el fondo, y luego pondré otra vez todos los paquetes y latas delante, así Lenny no se confundirá. Esta noche, antes de acostarme, pondré las salchichas delante de la puerta. El primer perro que pase, sea el perro del vecino o un perro callejero, ¡pam! ¡Se acabó! Luego, si desaparecen las salchichas, le preguntaré al vecino por su perro, como para interesarme por su salud. Así sabré si se las ha comido un perro callejero o el maldito Rufus.



—¡Qué rica esta sopa de coles! ¿La has hecho con una receta nueva? Sabe diferente.

—Es que le he echado unas salchichas que me he encontrado al fondo de la alacena, cuando he sacado todo para limpiarla. Sabe Dios el tiempo que llevarán allí, seguramente desde que vinieron tus sobrinos el verano pasado. He pensado que le darían buen gusto al guiso, pero luego no te las he echado en el plato porque sé que te sientan mal y te hacen la digestión pesada.

¡Digestión pesada! De repente siento un dolor en el estómago. ¿Será el veneno actuando ya, tan pronto? Pero el veneno es para ratas, a los humanos no nos matará, supongo.

—¿Estás mal? Te veo muy pálido.

—No es nada, estoy cansado, me voy a echar en la cama para reposar la comida. Y tira lo que ha sobrado de sopa.

—Pero, ¿por qué? ¿No quieres terminarla otro día?

—No. Creo que algún aditivo de la salchicha ha pasado al caldo y me está sentando mal. Como a ti no te gusta el aroma de la col, mejor la tiras. Y las salchichas también.

—Se las he dado al perro del vecino. Ya sabes que yo no me las puedo comer porque estoy a dieta y me daba lástima tirarlas.

Subo la escalera, agarrándome al pasamanos, y voy directo al cuarto de baño. Intento vomitar, pero siempre me ha costado trabajo. Por fin lo consigo y me meto en la cama. ¿Lo habré expulsado todo? Me siento mareado. Se oye ladrar al perro del vecino, o más bien es un lamento, una queja prolongada. A mí también me dan ganas de llorar por el dolor de estómago, pero no quiero llamar la atención de Lenny, o tendré que explicarle todo. Estoy aún más mareado, creo que me voy a dormir, a ver si así se me pasa. Ya parece que se escuchan menos los lamentos de Rufus.



6 de enero. 8 de la mañana. Un día soleado: me despiertan los primeros rayos de sol entrando por la ventana. Lenny no está a mi lado, qué raro, se habrá levantado temprano. Ah, está en la cocina preparándose un té. Tiene cara de no haber dormido apenas. ¡Anda! Mi cuñada está sentada en el sofá.

—¡Buenos días, Dory! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo tú aquí tan temprano?

No me contesta. Algo le debe pasar. Se le ve muy apesadumbrada, sumida en sus pensamientos mientras su hermana prepara el té. Es extraño, tan temprano, debe ser algo serio. Bueno, ahora le preguntaré, voy a ver si se ha meado el perro en la puerta de la verja. Ah, no, ¡por fin! ¿Ves como no era un perro callejero? Era Rufus el que se meaba, sin duda. Bueno, ahora McQueen ya no tendrá que salir temprano con tanto frío para pasear al perro. Ya tiene una edad, debe cuidarse. Al principio echará de menos al perro, pero se acostumbrará. ¡Ya casi lo daba por muerto!

¿Campanas? ¿Por qué suenan las campanas de la Iglesia? Ah, es 6 de enero, debe haber alguna celebración religiosa. Mira, ahí viene el servicio municipal de limpieza, para recoger el cadáver del perro del vecino, supongo. Sí, lo han sacado en una bolsa grande. ¡Qué día tan bonito! ¡Todos los colores se ven maravillosos! ¡Qué limpio el aire, y no hace frío!

Me doy la vuelta y veo a Dory y Lenny alejándose en el sentido opuesto de la calle. Van cogidas del brazo y vestidas de negro, cualquiera diría que van a un funeral. De nuevo suenan las campanas. Bueno, a mi nunca me han interesado las celebraciones religiosas, y menos un funeral. Habrá muerto algún vecino. ¡No creo que sea el funeral del perro, jajaja!

Ya vienen de vuelta. Ha pasado un buen rato.

—Creo que fueron las salchichas, a él nunca le sentaron bien. Y justo después de comer se quejó del estómago.

—Bueno, no te preocupes, ya estará descansando. Por fin se ha liberado de esa obsesión que le torturaba, siempre pendiente de cada detalle de la fachada de su casa, para que esté impecable.

—Pues sí. Y ahora ¿quién cuidará de todas esas cosas?

¿Quién va a cuidar de ellas? Yo, por supuesto. No pienso moverme de aquí. Ahora que ya he conseguido librarme de ese Rufus, tengo que vigilar que no venga ningún perro callejero a mearse en mi puerta. Mira, ahí viene uno. ¡Eh, tú, fuera! ¡Fuera he dicho! ¿No me oyes? Pues voy a abrir la puerta para que no te mees en ella.

—Oye, Dory, ¿tú has visto la puerta abrirse sola cuando ese perro se acercaba?

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