Sunday, January 17, 2021

EL DEDO

Aquel iba a ser el golpe de nuestra vida. ¡Y vaya si lo fue!

Conseguir el anestésico en tan gran cantidad, sin despertar sospechas, fue cuestión de paciencia, poco a poco, sacando las botellitas de una en una del almacén del hospital. El servicio de administración nunca se caracterizó por llevar la contabilidad de una forma muy rigurosa, es lo que suele ocurrir en los hospitales públicos. La función del ballet fue anunciada a bombo y platillo unos nueve meses antes, lo que nos dio tiempo suficiente para prepararlo todo. A esa función asistiría toda la aristocracia londinense, luciendo sus mejores joyas para presumir de ostentación.

Cierto: una vez realizado el golpe, investigarían lo del anestésico y lo relacionarían con la pérdida de material en el hospital. Pero si todo salía como estaba previsto, yo ya estaría de vacaciones permanentes en el Caribe, después de dejar mi trabajo de celador.

El día de la función, el patio de butacas y los palcos estaban completamente llenos. Las damas lucían sus vestidos de encaje, diademas, pendientes y collares. Los caballeros también mostraban orgullosos sus costosos anillos y gemelos. Toda la seguridad consistía en una pareja de policías apostados a ambos lados de la entrada, que se quedaron en el interior para disfrutar también del espectáculo, una vez cerrada la puerta.

Se apagaron las luces, se abrió el telón y apareció una escena espectral: un cementerio cubierto de niebla, de la que solo asomaba la parte superior de las lápidas y algunos árboles sin hojas. Las máquinas de niebla artificial, a pleno rendimiento, consiguieron una ola que caía del escenario y se difundía sobre las butacas, arrancando la admiración de los presentes. También de las rejillas de ventilación del techo se descolgaban racimos de humo sobre los palcos. Sin darse cuenta, todo el público cayó en un profundo sopor, provocado por el anestésico mezclado con la neblina, al tiempo que nosotros nos protegíamos con máscaras antigás.

Los bailarines y demás personal del teatro estaban amordazados en los camerinos, lo que nos dio tiempo suficiente para recorrer todas las butacas vaciando los bolsos y carteras y cogiendo todo lo que nos parecía de más valor, mientras continuaba sonando la música por los altavoces. Una dama bien gruesa llevaba un anillo de diamante del tamaño de una nuez. ¡Aquello debía valer una fortuna! Pero el anillo se resistía a salir, de lo hinchados que estaban los dedos. Entonces Harrison, que era el que lo había organizado todo, sacó su navaja.

¡No, por favor! —traté de interrumpirle— ¡Déjalo, ya tenemos bastante!

—Este anillo puede costar tanto como todo el resto del botín —replicó—. No pienso dejarlo atrás. Saca una de las bridas que hemos usado para inmovilizar a los bailarines y hazle un torniquete en el dedo, entre en anillo y la mano. No quiero que muera desangrada.

¿La dejarás sin un dedo para el resto de su vida por un anillo?

Harrison se quedó pensativo unos instantes. En la penumbra del patio de butacas, el brillante relucía con un fulgor azulado hipnotizante que contrastaba con el esmalte rojo de sus largas uñas. Sin dejar de mirarlo, Harrison agarró con fuerza su navaja y la hundió en la carne. La mujer se estremeció, a pesar de la anestesia, y temí que despertara.

Sujétala bien, Percival —me ordenó.

Noté cómo la mujer aún dormida intentaba retirar la mano, mientras yo la apretaba tembloroso sobre el reposabrazos con mis dos manos. Harrison quebró el hueso del dedo con un golpe seco de la mano izquierda sobre la cuchilla de la navaja, y lo metió en el saco con todas las demás joyas, con el anillo aún puesto. Pero la herida sangraba bastante.

—No has apretado bien la brida, inútil —me gritó.

—Vámonos ya —le espeté—, creo que me estoy mareando.

—Okey, terminemos solo con las primeras filas, que es donde están los más ricos.

Harrison se llevó el saco con todo el botín porque, según estaba planeado, lo iba a llevar a un tasador para que lo valorara, y así hacer dos partes iguales. Salimos por la puerta trasera del edificio, con toda tranquilidad para no despertar sospechas, y nos separamos. La imagen del dedo sangrante se me quedó grabada en la mente mientras iba de camino a casa. Ya había presentado mi dimisión en el hospital, así que no tenía más que esperar que Harrison me avisara para hacer el reparto.

Al día siguiente leí en el periódico que la señora del anillo había muerto, y me arrepentí de haber participado en el crimen. El plan era un robo limpio, sin víctimas. No quería tener una muerte pesando sobre mi conciencia, aunque realmente había sido Harrison el culpable de ello. Lo llamé por teléfono y le quitó importancia, recordándome el gran valor de lo robado. Le pregunté si tenía el botín en su habitación.

Oh, no, aquí lo encontrarían enseguida si vienen a registrar. No te preocupes, está en un sitio donde nunca se les ocurriría buscar, a la espera de que el tasador vaya a verlo. Hoy domingo dice que no trabaja y, además, hoy el lugar estará muy concurrido. ¡Es un sitio muy apropiado para un dedo, jajaja!

Esas eran las únicas pistas que me dio. Al día siguiente apareció muerto en su habitación. En el periódico no indicaba la causa de la muerte, pero debió ser un infarto o algo así. La policía lo encontró cuando fue a interrogarle, ya que era uno de los cacos que tenían fichados desde hacía años.

Fue Harrison el que me buscó a mí y me propuso lo del atraco, porque necesitaba el anestésico. Él conocía a mi hermano y sabía que yo era una persona solitaria, a la que no le importaría desaparecer de Londres: nadie me echaría de menos. Podría dejar mi mísero sueldo de celador y disfrutar de todo lo que la vida me había negado hasta entonces: mujeres, fiestas, viajes a sitios donde nunca llueve…

Pasaron unos días y no paraba de darle vueltas a mi situación. Estaba sin trabajo y pronto se me acabaría el poco dinero que tenía ahorrado. ¿Dónde habría escondido Harrison el botín? ¿Quizás una iglesia, ya que dijo que estaba muy concurrido por ser domingo? ¿Cómo pudo ponerlo en un sitio muy concurrido sin que nadie lo viera? Estuve registrando palmo a palmo la pequeña iglesia del cementerio que estaba cerca de su vivienda, con disimulo, como si estuviera rezando, pero no encontré ningún hueco donde hubiera podido ocultar el saco. Me lamentaba de no poder hablar con él y preguntarle… Finalmente se me ocurrió contactar con una médium, había una en mi barrio que decían que era muy buena. Aún podía permitirme pagarle sus honorarios, y si conseguía recuperar el tesoro, la recompensaría ampliamente. Ella al principio no quiso mezclarse con asuntos criminales, pero la convencí ofreciéndole una porción generosa.

Esa misma noche vino a mi casa junto con otras personas que trabajaban habitualmente con ella y le aportaban la energía necesaria, según me explicó. Temí que alguna de ellas, una vez revelado el emplazamiento de las joyas, fuese a por ellas y me las arrebatase, pero tenía que arriesgarme. Me pidió oscurecer totalmente la habitación, incluso tapando las rendijas con cinta aislante. Nos colocamos en círculo, con las manos unidas, alrededor de una mesa de madera. Después de un largo rato, en el que nuestros espíritus se fueron sincronizando, apareció un vapor brillante en el centro de la mesa, que fue adoptando la forma de una mano con cuatro dedos. ¡El dedo que le faltaba era precisamente el del anillo!

—¿Quién eres? —preguntó una de las ayudantes de la médium, y la mano se movió, dibujando una H sobre la mesa, la cual quedó brillando durante unos instantes, como si algo de la materia fosforescente de la mano se hubiera desprendido al frotar con la madera.

—H de Harrison, muy bien. ¿Está aquí tu amigo, querido Harrison?

La mano extendió su dedo índice y me señaló a mí. Me quedé helado, pues al principio pensé que se habían equivocado al convocar al espíritu y que tenía ante mí la mano de la víctima del teatro.

¿Quieres revelarnos dónde escondiste las joyas, Harrison?

La mano dibujó un rectángulo alargado sobre la mesa y una cruz en su interior, y se desvaneció.

—Muchas gracias, Harrison. Te deseamos una feliz estancia en el más allá —se despidió la colaboradora de la médium.

Una vez finalizada la sesión, encendimos las luces y discutimos qué podría significar aquel dibujo. ¿Un ataúd, quizás? ¿Y de quién sería el ataúd? ¿El suyo propio? Imposible, pues cuando escondió el botín no tenía ni idea de que iba a morir esa noche. Pensé que podría ser alguna tumba del cementerio, ya que estaba cerca de su casa, y es un sitio frecuentado los domingos.

En cuanto se fue la médium con sus ayudantes, fui al barrio donde vivía Harrison, salté el pequeño muro del cementerio y busqué con la linterna una tumba que tuviera la tapa suelta o ligeramente movida. El cementerio era grande, pero seguramente lo había escondido en alguna de las tumbas más cercanas a su casa. A pesar de que llovía intensamente, no tardé en encontrarla. Empujé la tapa y la giré hacia un lado, sin demasiado esfuerzo. El hueco estaba vacío, seguramente habrían trasladado los restos a otro lugar. Metí la mano para tantear los rincones más oscuros, y me topé con algo. ¡Era un saco! Lo abrí un momento para comprobar que contenía las joyas, y me lo cargué a la espalda para irme de allí lo antes posible.

¡Peeercivaaal! —escuché una voz lejana, como un susurro. Miré a mi alrededor y agucé el oído, pero solo escuchaba el repiqueteo de la lluvia sobre los mármoles. A lo lejos, me pareció ver una especie de humo luminoso sobre una de las tumbas. Una parte de mí quería echar a correr, pero otra parte lo miraba con curiosidad, cómo se elevaba y retorcía. Según me dijeron en el hospital, los cadáveres a veces despiden unos vapores de compuestos fosforados que emiten en forma de luz la energía residual, y con esta idea intenté tranquilizarme. Al proseguir mi marcha, de nuevo escuché la voz de ultratumba de Harrison que decía:

—¡Miii deeedooo!

Entonces me di cuenta de que la figura vaporosa estaba mucho más cerca, moviéndose hacia mí, a lo largo del sendero. Eché a correr como pude, con todo el peso de las joyas, pero me resbalé y caí sobre un charco embarrado. De nuevo escuché la voz, resonando dentro de mi cabeza, repitiendo una y otra vez:

—¡Miii deeedooo!

Parte del contenido del saco se había desparramado por el suelo, apareciendo entre las perlas y billetes algo parecido a un palo. Lo cogí para examinarlo y descubrí una uña blanca y mal recortada, como solía tener Harrison. Arrojé el dedo seco al espectro que me perseguía, metí dentro del saco la mayoría del contenido que se había salido, y salí del cementerio todo lo rápido que pude.

Cuando llegué a casa, la ducha caliente no consiguió relajarme. Aún metido en la cama, los escalofríos recorrían mi cuerpo. El recuerdo de la voz de Harrison bloqueaba mi mente. ¿Realmente era ese su dedo? ¿Qué hacía ahí? Al día siguiente, vacié el contenido del saco en la bañera, para limpiar de barro su contenido, pero el dedo de la mujer del teatro no estaba allí, aunque sí estaba el diamante. Desde luego, el dedo que cayó al suelo del cementerio no era grueso ni tenía esa uña larga y redondeada, pintada con esmalte rojo, que yo recordaba perfectamente.

Al día siguiente, mientras desayunaba, estaba pensando en comprar un billete de avión lo antes posible para salir del país, cuando llamaron a la puerta. Era la médium, que traía un sobre en la mano.

—Buenos días, vengo a por mi parte, y a entregarle esto.

—Pero… ¿cómo ha sabido usted…?

—Tengo mis contactos, ya sabe —dijo, mirando hacia el techo por un instante.

Un poco reticente, cogí una caja, puse en ella un puñado de joyas y se la entregué.

—Tengo un encargo un poco especial, un diamante bastante grande —se atrevió a decir.

Me quedé congelado. ¿Cómo podía saberlo? Aterrorizado por la única respuesta posible, no me atreví a contrariarla, y puse dentro de la caja el diamante, sin pensar en el enorme valor que tenía.

—Ella quiere que lo conserve su familia, ¿sabe? No es para mí.

—¿Y ese sobre?

—Ayer, como ve, tuve varias revelaciones sobre este asunto. Oía una voz dentro de mi cabeza que me impulsaba a escribir. Cogí papel y bolígrafo y tomé nota del relato que escuchaba. Creo que es su amigo Harrison, que quiere enviarle un mensaje. Aquí tiene.

Cuando ella se fue, rápidamente abrí el sobre y me senté para leerlo.

Estimado Percival. Debí hacerte caso cuando me dijiste que me detuviera, por lo del diamante. Ahora ya es demasiado tarde. Espero que tengas suerte y disfrutes de lo robado, pero el dedo que hay en el saco, por favor, déjalo en mi tumba, pues lo necesito. No es el dedo de la señora del teatro. Ella vino a verme la noche del domingo, mientras yo preparaba la cena. Oí unos pasos detrás mía, que me helaron la sangre. Cuando vi moverse uno de los cuchillos de la cocina, me quedé paralizado de horror. Percibía unas vibraciones que me transmitían odio y desprecio. Intenté alejarme hacia atrás, pero mi mano estaba pegada a la tabla de cortar y no podía moverla. El cuchillo se elevó en el aire, con la punta hacia abajo, y cayó con fuerza y precisión sobre mi dedo anular, quedando clavado en la tabla. En ese momento ya pude retirar la mano, y traté de cortar la hemorragia con la otra mano. El dedo recién cortado se elevó en el aire y escribió en el vaho de la ventana: en lugar del mío. La ventana se entreabrió y el dedo salió al exterior, en dirección al cementerio. Un dolor agudo agarrotó mi pecho mientras un sudor frío recorría mi frente. Y casi sin darme cuenta, ya estaba en el otro lado. Ahora ya sabes la verdad.”

Toda esta historia, en la distancia, no parece más que un feo sueño, mientras me tomo un combinado con hielo, bajo los rayos del sol, en una playa del Caribe, pues mi conciencia está totalmente tranquila. Sinceramente, ¡no creo que Harrison y la señora del teatro me estén esperando para pedirme cuentas!

Saturday, January 2, 2021

PESADILLA JUDÍA

 De vacaciones en Ámsterdam con mi hija, decidí visitar la casa de Anna Frank. Quería que ella fuera consciente de las penalidades que sufrieron los judíos bajo el régimen nazi, y en particular los judíos holandeses. Mi hija tenía entonces casi la misma edad que Anna Frank, y pensé que se identificaría con ella fácilmente. Sin embargo, la enorme cola de entrada me hizo desistir. Dando una vuelta por el barrio, encontré un letrero pequeño junto a la puerta de una casa similar a la de Anna Frank que decía, en holandés: “Visite la casa donde murió una familia judía en 1942”. Había solo un pequeño grupo comprando los tickets, así que entramos.

La casa estaba muy bien conservada, con muchos objetos de la época. El grupo subió por una estrecha escalera y la guía nos explicó que allí vivió una familia con doce hijos. Mi hija me dijo que necesitaba ir al servicio y la guía nos indicó cómo llegar a él. Nos dijo también que el grupo avanzaría a la siguiente planta y que allí nos reuniríamos.

El cuarto de baño estaba junto a una pequeña sala de estar atestada de muebles. Mi hija se demoraba y me senté en un sillón que miraba a la ventana. Hacía un calor bochornoso en la habitación, aunque afuera estaba nublado, y los cristales estaban ligeramente empañados. Una mosca revoloteaba intentando salir a través de ellos. Me recliné en el sillón y me abaniqué con el plano de la casa que nos dieron a la entrada. Estaba agotado después de una mañana dando vueltas por Ámsterdam, las piernas me pesaban y los párpados se me cerraban. Pregunté a mi hija si le quedaba mucho, y a través de la puerta, ella contestó que no.

Entonces subió una muchacha morena por las escaleras, vestida con ropas un poco antiguas, pero perfectamente limpias y planchadas.

–¡Hola! ¿Es usted amigo de mi padre?

No entendí a qué se refería con la pregunta, pero simplemente le dije que estaba esperando a mi hija que saliera del servicio. La muchacha subió por las escaleras a la segunda planta, y en seguida un niño con el flequillo lacio que casi le tapaba los ojos vino por el mismo sitio que la muchacha y se sentó junto a mi.

–¿Me ayudas con los deberes?

Aunque sorprendido, me ofrecí a ayudarle un poco, mientras mi hija salía del servicio. Apenas le dio tiempo a mostrarme su libro, porque un chaval de veintitantos apareció dirigiéndose a él y regañándole:

–Jeremías, deja en paz a este señor. Yo te ayudo, si quieres.

En ese momento salió mi hija del servicio. Ella siempre ha sido muy sociable, y al ver a un chico de su edad, quiso entablar amistad.

–¿Cómo es que tienes que hacer deberes en verano?

–He suspendido casi todas las asignaturas, aunque no lo entiendo, porque los exámenes me salían más o menos bien.

–Es por ser judío –apostilló el hermano mayor.

Mi hija y yo nos quedamos sorprendidos, pues no pensábamos que aún hoy en día siguiesen marginando a las personas por su raza o creencias en Holanda. No me dio tiempo a hacer ningún comentario al respecto, porque una mujer que asemejaba ser la madre salió de la cocina y nos preguntó:

–Se quedan ustedes a comer, ¿verdad?

–Es usted muy amable, pero pensábamos comer en algún restaurante junto a los canales.

–No se lo recomiendo: estarán abarrotados y, además, hay mosquitos. ¿Por qué no se quedan?

Pensé aceptar la invitación y así tener oportunidad de aclarar la situación en la que estaban viviendo por ser judíos. Me pareció que mi hija podría aprender mucho más de ello que si hubiéramos visitado la casa de Anna Frank.

–¿Viven ustedes aquí?

–Pues claro.

Era interesante que mostraran una casa que había pertenecido a una familia judía y que aún hoy una familia judía viviera allí. Subimos a la segunda planta, donde se encontraba el comedor y ayudamos a poner sobre la enorme mesa una vajilla de porcelana fina. El grupo de turistas ya no se encontraba allí y supuse que habían bajado por otra escalera. Ya no subieron más turistas y supuse que se debía a que era la hora de comer y estábamos fuera del horario de visita.

Nos reunimos alrededor de la mesa unas diez o doce personas, aunque había algunas sillas vacías. El padre de la familia se llamaba Jacob. La conversación entre todos era muy animada y yo apenas tenía oportunidad de participar. Mi hija se sentó junto a Jeremías y charlaban continuamente.

El primer plato fue delicioso, pero no tuvimos tiempo de probar el segundo plato, pues alguien aporreó violentamente la puerta. Jacob se asomó a la ventana y decidió bajar él a abrir. Se oyó una discusión, aunque desde la distancia no se entendía sobre qué. Al poco subió con un buen número de estrellas amarillas recortadas en tela.

–Tenemos que ponernos esto.

–Papá, ya hemos hablado del tema. No vamos a ponernos nada –dijo uno de los mayores.

–Con eso seríamos el punto de mira de todas las burlas y no nos dejarán comprar en muchos comercios –añadió la muchacha que conocí en primer lugar.

–Vienen con muy malos modos… –repuso el padre.

–Los chicos tienen razón –apostilló la madre.

El chico que parecía tener las ideas más claras se levantó y le quitó a su padre el fajo de estrellas amarillas. Abrió la ventana y las arrojó sobre los hombres uniformados que las habían traído, junto a algunos insultos y comentarios despectivos. Los visitantes se dieron media vuelta y abrieron la puerta disparando sobre la cerradura. Las chicas y las mujeres gritaron, el chico mayor cogió una pistola de un cajón y junto con su padre se precipitó escaleras abajo. Todo sucedió muy rápido. Se oyeron voces y más tiros. Los hombres uniformados aparecieron en el comedor a los pocos minutos, pistola en mano.

–Usted –dijo uno dirigiéndose a mí–, ¡salga de aquí!

En un ataque de pánico, agarré a mi hija de la mano y bajé las escaleras a toda velocidad. Mientras bajábamos, se oyeron más tiros y gritos, carreras, sillas y objetos cayendo al suelo, más tiros y finalmente silencio.

Llegamos al portal y la puerta estaba cerrada y sin señal de disparos. Tampoco había rastro del padre y sus hijos mayores. La taquilla estaba cerrada y no había forma de abrir la puerta de la calle sin llave. Entonces se agolparon las preguntas en mi mente: ¿quiénes eran esos hombres uniformados que de forma tan violenta habían irrumpido en la casa?, ¿desde cuándo los judíos en Holanda tienen que llevar estrellas amarillas?, ¿por qué en el portal no había huella de lo que había ocurrido?...

Mi hija me miraba con cara aterrada.

–¿Por qué han disparado a estas personas, papá?

–No lo sé.

–¡Vámonos de aquí!

–No podemos: tenemos que esperar que termine la pausa para el almuerzo y abran la puerta.

–¡Pues vamos a escondernos!

Intenté mantener la cabeza fría, pues nada a mi alrededor me parecía amenazante. Era como si todo hubiera ocurrido en mi pensamiento, si no fuera porque mi hija también lo había visto. Estuvimos algunos minutos inmóviles y en silencio y no se escuchaba ningún sonido procedente de la casa, solo los ruidos de la calle. Después de un rato, y con mucha precaución para no hacer ruido, subimos de nuevo por las estrechas escaleras, a pesar de los ruegos y negativas de mi hija, que se aferró a mí por detrás mientras me seguía.

¡La casa estaba vacía! Y todos los muebles y objetos se encontraban tal y como los encontramos la primera vez que los vimos. Asombrados y aterrorizados, bajamos de nuevo al portal y nos sentamos en los escalones a esperar que abrieran.

Al cabo de una hora más o menos, la guía se sorprendió al encontrarnos allí cuando abrió la puerta de la calle. Le explicamos lo que había pasado y nos dijo que no éramos los primeros a los que nos ocurría. Varias personas antes que nosotros habían tenido la misma visión, después de haberse quedado descolgadas del grupo por algún motivo, pero muchas otras personas que habían visitado la casa solas, como la propia guía, no habían tenido la experiencia.

Siempre me había interesado la cultura judía, no sé muy bien por qué, y pensé que esa especial sensibilidad quizás me permitió revivir lo que años atrás había pasado allí en la casa, de una forma tan vívida.

–¿Y qué pasó con los cuerpos sin vida de estas personas? –pregunté a la guía.

–Los nazis se los llevaron y, seguramente, los arrojaron a alguna fosa común.

–Según tengo entendido, eso es algo humillante para cualquier persona, pero más para un judío, que sigue un ritual muy detallado para los enterramientos. Por ejemplo, entre otras cosas, el cuerpo debe ser envuelto en un lienzo de lino blanco.

–Por desgracia ¡fueron tantos los judíos que acabaron en fosas comunes en aquella época!

Todo hubiera quedado en una anécdota si no hubiera sido por los acontecimientos que siguieron. Por ejemplo, una tarde, estando en el ático de mi casa, ya de noche, las luces se apagaron y luego volvieron a encenderse pero de una forma muy débil y temblorosa. Bajé las escaleras para dirigirme al cuadro de interruptores de la casa, pero me quedé paralizado al ver que las luces se iban encendiendo al entrar en las sucesivas estancias, siempre con ese brillo trémulo y apagado. Cuando llegué al cuadro de interruptores, estaban apagados, los accioné y todas las luces volvieron a la normalidad.

Otro día, mostrando a un amigo que había venido de visita a la ciudad los restos ruinosos de una sinagoga, al encontrarme en el centro de la pequeña estancia, todo empezó a dar vueltas alrededor de mí y me desmayé.

Cada vez con más frecuencia soñaba con la escena que había vivido. Empecé a pensar que quizás aquellas personas estaban tratando de comunicarse conmigo o que querían algo de mí. Saqué un billete para Ámsterdam y volví a la casa de la aparición. La guía no se sorprendió de verme de nuevo.

–Casi todos vuelven de nuevo como usted, me refiero a los que han tenido la visión.

–¿Cree que las víctimas nos están llamando desde el más allá?

–Mire usted, yo no creo en esas cosas, si creyera quizás no trabajaría aquí.

–¿Me permite subir cuando no haya turistas?

–Suba, suba, ahora mismo no hay nadie.

Acaricié los muebles mientras recordaba la escena. Me daba la sensación de que la familia había vivido allí hacía poco, pero no tuve ninguna experiencia fuera de lo común. Pasé por el comedor y continué subiendo hasta el ático, donde no había estado el día de la visita. Estaba casi vacío, con mucho polvo, y pobremente iluminado por unas ventanas muy sucias que también daban, como todas, a la fachada principal.

–El ático no forma parte de la visita –me asustó la voz de la guía de repente, detrás de mí.

–¿Por qué?

–No tiene interés.

Súbitamente, una idea vino a mi mente.

–¿Puedo pasar una noche aquí?

A fin de cuentas, no tenía ningún lugar reservado para pasar la noche. La guía se quedó sorprendida.

–No sé qué decirle, tendría que consultarlo con el dueño.

–Dígale que no podré robar nada, ya que la puerta de la calle la cerrará usted desde fuera y yo me quedaré sin llave.

–¿Está usted seguro? Quizás después de un rato quiera usted salir y no podrá.

Era cierto. Y sin embargo, en un arrojo de valor, le dije que sí.

Compré algunas cosas de comer y una linterna, y di un paseo para hacer tiempo. Aún quedaban muchas horas de luz cuando la guía cerró la puerta de la calle, y en seguida me arrepentí de mi decisión. ¡Más de doce horas de reclusión! Pero al menos con ello podría estar seguro de que la comunicación con aquellos seres era imposible, o más aún, que todo había sido una ilusión.

Me acomodé en el sillón en el que comencé a tener la visión, o la experiencia, y comí algo relajadamente con cuidado de no ensuciar. Los rayos del sol de la tarde entraban a raudales a través de los ventanales y hacía bastante calor. Como me aburría, empecé a investigar y sin dificultad encontré los impactos de bala en las paredes del salón, lo cual me produjo escalofríos. En una alacena estaban los restos de la vajilla de porcelana que había en la mesa, el día del ataque. En un cajón, el inmenso mantel blanco que cubría la mesa. Nadie me había contado la historia que allí ocurrió, y sin embargo yo la había vivido como protagonista. ¿Cómo podía ser solo un sueño?

Se hizo de noche y me tumbé con cuidado en una de las camas. No ocurrió nada. Ahora que hago un repaso de los acontecimientos, me sorprende el hecho de que no sentía miedo. Más bien me embargaba el deseo de ayudar a aquellas pobres almas que habían encontrado un final tan repentino y trágico.

Como los nervios no me dejaban dormir, al cabo de unas horas me levanté y decidí subir al ático. No encontré el interruptor de la luz, y pensé que probablemente no había luz eléctrica allí. Encendí la linterna y comencé a subir la escala. Antes de empujar la trampilla para abrirla, me sorprendió que algo de luz se filtraba a través de la junta. Abrí lentamente para mirar antes de subir y lo que vi me dejó paralizado: una persona luminosa estaba tumbada en el suelo, recubierta con una especie de sábana translúcida. Estaba boca arriba, completamente recta e inmóvil, con los ojos cerrados.

Cuando pude reaccionar, solté la trampilla, que se cerró de golpe, y reflexioné sobre lo que había visto mientras aún permanecía subido a la escala. No tenía ningún sentido. ¿Quién era aquel hombre joven? ¿Era quizás alguno de los hijos? Pasé unos instantes sin saber qué hacer, hasta que decidí observarlo de cerca para comprobar, entre otras cosas, si el origen de la luz era un foco en el techo y no el propio cuerpo, como me había parecido. A fin de cuentas, me decía a mí mismo, una persona muerta no puede hacerme ningún daño.

Cuando volví a abrir la trampilla, una nueva sorpresa: el cuerpo y la luz habían desaparecido. Solo quedaba en el suelo la sábana, bien doblada. Me quedé pensativo qué significado podría tener aquello, ya que sospechaba que era una especie de mensaje en clave. No puedo decir si lo que escuché a continuación venía de dentro de mi cabeza o era una voz exterior, pero alguien me dijo: “La sábana blanca significa la pureza y la sencillez. Es la aceptación del destino que el Altísimo nos tiene preparado. Es también la puerta a una nueva vida”. Miré a mi alrededor y no había nadie, estaba completamente solo.

Escudriñando el significado de aquellas palabras, bajé y me tumbé en la cama. Esta vez, el cansancio me derrotó y me desperté cuando ya el día estaba avanzado. Durante el sueño parece que mi mente no paró de buscar la solución al enigma, porque al despertar vi claro lo que tenía que hacer.

No pasó mucho tiempo antes de que la guía abriera la puerta y me encontrara justo detrás.

–Vaya, ¡veo que ha sobrevivido usted! ¿Ha pasado miedo?

–Un poco –mentí–. ¿Podría hacerme usted un último favor? Déjeme quedarme a la hora del cierre para el almuerzo, será la última vez. Tanto si consigo lo que tengo en mente, como si no, le prometo que me marcharé.

Un poco reticente, la guía aceptó y se lo agradecí enormemente. El reloj avanzó lentamente hasta la hora del cierre. Me senté en el mismo sillón que la primera vez, y experimenté el mismo calor. El cansancio también hizo mella, puesto que había dormido pocas horas. Increíblemente, no me sorprendió cuando se me acercó una chica y me preguntó:

–¡Hola! ¿Es usted amigo de mi padre?

–¡Hola! ¿Cómo te llamas? –le contesté, para establecer amistad. Si tenía que convencerla de la idea que había tenido por la mañana al levantarme, iba a necesitar una relación de confianza.

–Judith. Y por aquí viene mi hermano Jeremías. ¡Jeremías! ¡Saluda a este señor!

–Hola chico –le dije mientras estrechaba su mano–. Veo que tienes deberes.

El muchacho portaba un libro y un cuaderno bajo su brazo.

–Sí, aunque sepa usted que no comprendo la razón. Los exámenes me han salido bastante bien y, sin embargo, los profesores me han suspendido casi todas las asignaturas.

–Es por ser judío –apostilló otro hermano que venía por detrás, mientras me tendía la mano–. Me llamo Jonás. ¿Cómo está usted?

–Bien, bien. ¿Sabéis por qué estoy aquí? –ellos se miraron sin saber qué contestar–. Claro, evidentemente no. Las cosas se están poniendo muy feas para los judíos aquí, ¿lo sabéis?

–Sí.

–Pudiera ser que los nazis nos hicieran una visita hoy mismo. ¿Estáis todos en casa?

–Tengo una pistola para defendernos –dijo Jonás.

–Me temo que con eso no será suficiente, si deciden entrar. ¿Os han dicho ya que os tenéis que poner una estrella amarilla?

–¿Es usted de ellos? –preguntó Judith.

–No, no, por Dios. Al contrario, soy simpatizante de los judíos.

–Yo tengo un amigo en el colegio que no es judío –añadió el pequeño Jeremías.

–Pues eso, yo soy como ese amigo tuyo. Y creo que lo mejor que podéis hacer es poneros la estrella amarilla.

–¡Eso nunca! –se opuso Jonás–. Tengo varios amigos que, desde que tienen la estrella reciben continuos desprecios cuando van por la calle.

–Incluso no les dejan entrar en muchas tiendas –añadió su hermana.

–¿Y qué haríais si entran aquí y os obligan a ponérosla?

–Prefiero morir –dijo ella.

–Morir matando –continuó él.

–Pues yo os voy a decir lo que debéis hacer: cubriros con sábanas blancas.

–¿¿¿Cómo???

El silencio fue interrumpido por la madre.

–Buenos días, caballero. Se queda usted a comer, ¿verdad?

–¡Por supuesto! –acepté, no había tiempo que perder–. ¿Ayudo a poner el mantel?

Me dirigí al cajón donde se guardaba el mantel y todos se sorprendieron de que yo supiera dónde estaba. Aprovechando el momento de incredulidad, lancé la profecía.

–Debéis creerme: sé que hoy van a venir los nazis a la hora de la comida. Lo sé.

–No creo –repuso la madre.

–En todo caso, no nos iremos –afirmó Jonás.

–Ojalá pudiera convenceros. Pero si llaman a la puerta, solo os pido una cosa: que cada uno se ponga un trozo de mantel blanco por encima.

–Es ridículo –dijo la hermana.

–Puede ser divertido –repuso el pequeño–. ¡Pareceremos fantasmas! ¡Y les asustaremos!

–No es tan fácil asustar a los nazis...

–Tenéis que prometerme que lo haréis –insistí.

–No van a venir de todos modos –concluyó la madre, aceptando indirectamente la propuesta.

Se puso la mesa y llegaron los restantes comensales. Cuando todos estaban reunidos, Jeremías informó a su familia.

–Hemos hecho una apuesta con este señor. Dice que van a venir los nazis hoy a la hora de comer. Si finalmente vienen, le hemos prometido ponernos un trozo de mantel blanco por encima, como si fuéramos fantasmas. ¡Ja!

–Jamás –se negó el padre, muy serio–. Los echaré a patadas.

–No debería usted enfrentarse a ellos –intenté convencerle.

La conversación prosiguió en este sentido, cuando aporrearon la puerta. La familia se quedó en silencio, con las caras pálidas mirándose unos a otros.

–Voy a bajar –se ofreció el padre.

–No te enfrentes a ellos, Jacob –advirtió la madre, que empezaba a creer que mi profecía era cierta. Cuando el padre hubo bajado, les dije:

–Pues bien, ahora os tendréis que cubrir con la sábana como me habéis prometido.

–Oh, vamos, la cosa es seria –se opuso Jonás.

–No hay mucho tiempo…

Se oyó al padre de la familia discutir con los recién llegados. Ante la indecisión general, agarré el mantel y tiré todas las cosas al suelo. Luego, frenéticamente, rasgué el enorme lienzo en tiras de medio metro de ancho, aproximadamente. Aún no había terminado, cuando subió el padre con un fajo de estrellas amarillas.

–No nos las pondremos, padre –dijo Jonás antes de que su padre abriera la boca. Le arrebató el fajo de estrellas y las tiró por la ventana, insultando a los nazis. La escena era muy parecida a la que viví la primera vez. Luego vinieron los tiros en la puerta y Jonás corriendo escalera abajo con la pistola en la mano, acompañado de su padre.

–¡Nooo! –gritó la madre, mientras los demás se quedaban paralizados de terror.

–Tomad, rápido, y subid al ático –les dije mientras les repartía los retales blancos.

No tuve que insistir en lo de subir al ático, sobre todo cuando se escucharon más disparos en el portal. Entré el último y cerré la trampilla detrás de mí. Se escucharon los pasos de las botas de los policías o militares sobre el suelo de madera y susurrar algún mensaje entre ellos. De repente, varios disparos atravesaron la trampilla y ésta se abrió lentamente, dejando ver el cañón de una pistola. Luego una cara se asomó, y la mirada se le desencajó mientras bajaba apresuradamente por la escala, atropellando a su compañero que estaba detrás.

–No puedo –dijo el que había bajado, con voz aterrorizada.

–Hay que hacerlo, o se sabrá lo que ha pasado en el portal. ¡No seas cobarde!

El segundo hombre se asomó también a la trampilla y se quedó igualmente paralizado. Delante de él, en dos filas perfectamente formadas, se recortaban contra la luz que entraba por los ventanales las siluetas de diez fantasmas. Las manos juntas y la cabeza ligeramente inclinada, aunque ocultas, se adivinaban detrás de cada tela. Susurraban todos juntos una letanía rítmica, monótona, penetrante hasta la médula de los huesos. Yo, escondido en un rincón, observaba la escena petrificado, al igual que la cabeza que asomaba por la trampilla. Durante unos momentos pensé que mi estrategia aún podría salvar la vida de aquellos inocentes, pero el inmisericorde oficial apretó los dientes y disparó repetidamente, hasta que todos cayeron al suelo. Luego desapareció.

Las lágrimas corrían por mi rostro, incapaz de reaccionar. Me levanté lentamente y comprobé que no había vida en aquellos cuerpos amontonados. De repente, la luz que entraba por el ventanal se hizo más intensa, como si una nube se hubiera quitado de delante del sol, y luego más intensa aún. Iluminados por los intensos rayos, los cuerpos inertes parecían resplandecer a través de las sábanas. Apenas podía dirigir mi mirada hacia la ventana, deslumbrado por la luz, pero pude distinguir que junto con la luz entraba en la habitación un hombre joven vestido con una túnica blanca. Me pareció que era el mismo joven que había visto a medianoche, tumbado en el suelo del ático, cubierto por la sábana translúcida, pero esta vez estaba en pie y con los ojos abiertos, brillantes como antorchas. Extendió sus manos sobre los cadáveres y lentamente se pusieron en pie, como cuerpos ingrávidos manejados por fuerzas invisibles. Una vez en pie, formando un semicírculo alrededor de él, abrieron los ojos.

–Habéis sido muy valientes –retumbó una voz sin que el joven moviera los labios.

Los brazos de los resucitados pendían paralelos al cuerpo y sus pies apenas tocaban el suelo, como marionetas sujetas por la nuca con hilos invisibles

–Venid, os llevaré a la presencia del Padre –y dejando caer al suelo los trozos de mantel, le siguieron flotando a través del torrente de luz.

Me quedé anonadado durante un tiempo que no puedo precisar, hasta que el ruido de la puerta de la calle al abrirse me despabiló. La guía me llamó, desde lejos, y yo comencé a bajar del ático. Ella vio algo en mi rostro que la impresionó y no se atrevió a hacer preguntas. Con una sonrisa, le agradecí que me hubiera permitido tener esa última experiencia.

–Ha sido usted de gran ayuda para la familia que aquí habitó –y me despedí.

Sé que es difícil de creer lo que acabo de contar, pero tengo algunas pruebas de que no fue un sueño. La vajilla de cerámica estaba hecha añicos por el suelo cuando la guía subió, y tuve que pagar una compensación. Las señales de disparos en las paredes del salón desaparecieron misteriosamente, y en cambio, en la trampilla del ático aparecieron varios agujeros que aún pueden contemplarse. La guía puede confirmar que esos agujeros no siempre han estado ahí. El mantel hecho jirones no pude encontrarlo, probablemente alguien lo tiró a la basura. Sólo mi hija ha creído mi relato, y muchas noches me dice que habla con su amigo judío que está en el cielo.

Friday, January 1, 2021

Obsesión

1 de enero. 11 de la mañana. Limpio con la mano el vaho del cristal. ¡Qué magnífico día, cielo azul! Mmm, me apetece salir a respirar el aire limpio del nuevo año. Me pongo mi chaquetón y mis guantes, mi gorro y mi bufanda, abro la verja y ¿qué me encuentro? ¡Otra vez se ha meado un perro en la entrada de mi casa! No se mean en las puertas de las casas de los vecinos, me he fijado. Lo traen para que se mee aquí, por algún motivo les gusta cabrearme. Pero esta vez voy a hacer un propósito de año nuevo: voy a impedir que se meen. Esta será la última vez.

—Lenny, ¿has visto pasar a alguien esta mañana por delante de nuestra casa?

—¿Desde la ventana de la cocina, quieres decir?

—Desde donde sea. ¿Has visto a alguien pasar con un perro?

—He visto a Mr. McQueen, pero no sé si llevaba el perro, desde donde yo estaba no se ve.

Mr. McQueen, seguro que es él. Un maestro de escuela jubilado, que cree que todavía tiene que castigar a los que se portan mal. Pero no sé por qué me tiene esa manía, a mí, que me esfuerzo continuamente por cumplir todas las leyes y reglamentos. Quizás porque le dije que no puedes sacar la basura a las 6 de la tarde, aunque te tengas que ir de viaje. La puedes guardar en el patio trasero y tirarla cuando vuelvas de viaje. Pero esta gente siempre cree que puede saltarse la ley por algún motivo. Como cuando aparcó el coche delante de su casa. ¡Como si no supiera que en esta acera está prohibido! Lo pone claramente al principio de la calle, hay que aparcar en la acera de enfrente, junto al muro. ¿Que le duele la pierna? Bueno, ¿y qué? ¿Es que no va a ir andando desde el coche hasta la puerta de la casa, atravesando el jardín delantero? Si puede andar diez pasos, también puede andar veinte. ¡Que apenas circulan coches por esta calle, me dice! ¡Que esa señal la pusieron cuando la calle paralela estaba en obras, pero que ahora todo el mundo tira por ella y ya no pasa nadie por aquí! ¿Es que no puede entender que la ley hay que cumplirla, hasta que la cambien? Bueno, voy a limpiar con lejía la mancha, si no el olor atraerá a todos los perros callejeros para que se meen en mi puerta.

—¿Qué quieres comer hoy, cariño?

—Me apetece una ensalada, o algo de verdura, que anoche comí demasiado.

—¿No te apetece comer los restos que sobraron ayer? Aún están muy buenos…

—Pues no, si es que quieres saber lo que me apetece.

—Es que me gustaría ir a ver a Lily, dice que se encuentra mal, que anoche se fue a la cama pronto, antes de las campanadas de medianoche.

—Anda, y vete, ya prepararé yo algo de verdura congelada.

—Pues echa también para mí, que el bacon con pasas de anoche engorda mucho.

No sé para qué me pregunta, si lo tiene claro. Bueno, sí, para que yo me quede preparando la comida, bajo la amenaza de comer los restos de ayer. Todo el mundo hace lo mismo, te dicen una cosa para provocar en ti una reacción. Manipulación. Como esa Lily, que seguro que se dio el atracón anoche, y se bebió una botella de vino ella sola. ¡Por eso se encuentra mal! Lo que tiene es un resacón. Y ahora mi mujer, como es tan servicial, se pondrá a recogerle los platos de anoche, y a limpiarle la casa, e incluso a prepararle algo de comer. ¡Y mientras yo aquí haciendo comida para los dos!



2 de enero. 9 de la manaña. Llevo un rato vigilando por la ventana a ver si pillo a McQueen con su perro meándose en mi puerta. No saldrá antes de las 9, creo, en pleno invierno.

—Cariño, ¿puedes bajarme una caja del altillo, que no llego? Es que si lo intento, me parece que me voy a caer. Estoy en el dormitorio.

—Voy para arriba.

Una caja enorme, la cojo con las dos manos y la apoyo contra mi cara. No veo nada. La escalera tiene una pata coja, así que tengo que guardar el equilibrio. Me giro con cuidado, pero la esquina de la caja tropieza con la puerta abierta, lo suficiente para perder el equilibrio. Menos mal que me caigo sobre la cama, pero la caja ha caído sobre mi cara y mi pierna se ha enredado en un peldaño de la escalera.

—¡Ayúdame!

—No puedo con la caja. Lo intentaré con la escalera.

—¡Pero así no! ¡No tires de la escalera de ese modo que me vas a hacer un esguince!

—¡Mira! Mr. McQueen me ha saludado con la mano. ¡Buenos días!

Oh, no. Estará partiéndose de risa de ver el espectáculo. ¿O quizás no se ve la cama desde abajo? En todo caso, seguro que ya se ha meado el perro. Cojeando, bajo a la planta baja. Efectivamente, ahí está la mancha fresca, aún chorrea.

—¡McQueen! ¡Llévese a su perro a mear a otra parte!

Pero Mr. McQueen no gira la cabeza, está sordo. O al menos eso dice. Sordo para lo que quiere. Lo peor es la sordera mental, que no se entera. Otra vez a limpiar. Esta vez voy a la droguería, a ver si tienen algún repelente para perros, hoy está abierto.



3 de enero. 9 de la mañana. Hoy está nublado, hace menos frío. ¡Vaya, ya se ha meado otra vez el perro! ¡Sobre el repelente! Voy a reclamar a la droguería, esto es una estafa. Se ve que hoy Mr. McQueen ha salido antes, él le teme mucho al frío, pero hoy realmente no hace frío. Quizás tenía prisa porque tenía que ir a alguna parte, el coche no está frente a su casa.



—¿Cómo? ¿Que no lo puedo devolver porque está el paquete abierto? ¿Y cómo quiere que lo pruebe, si no? Mire: esto no es repelente ni nada.

—Es que algunos perros tienen una enfermedad que les deja sin olfato, creo que es un virus.

—¡Imposible! Este perro se mea todos los días en mi puerta, será porque lo huele, digo yo.



4 de enero. 8:30 de la mañana. Esta vez no se me escapa, la puerta está limpia. No voy a perder ojo, ni aunque me llame Lenny. Es un poco aburrido estar aquí, pero merece la pena. Una vez que lo pille in fraganti le voy a quitar las ganas de traer al perro a mear aquí. Le diré: “No tiene usted vergüenza”. Claro, que él se hará el sordo. O dirá: “Es que el perro quiere venir para acá.” Pero, ¿no lo tiene usted atado con una cuerda? ¡Pues llévelo hacia otra parte, hombre!

—¡Rufus! ¡Rufus! ¡Ven aquí!

¡Dios mío! El perro se le ha escapado. McQueen viene hacia aquí, corriendo detrás de su perro. Tengo que salir antes de que lo haga. Abrigo, guantes… ¡A la porra los guantes, que si no no llego a tiempo! Demasiado tarde: abro la puerta y el perro está meando justo en este momento. Me mancha las zapatillas. Siento el líquido caliente que penetra a través del tejido. ¡Qué horror, qué asco!

—Lo siento, McDonald. ¡Ha salido tan rápido! Y yo ya no estoy para carreras, comprenda usted…

—¡E...e...esto no puede ser! Aquí no se puede mear. ¿Por qué no lo lleva usted por la acera de enfrente?

—La acera de enfrente tiene muchos baches, y yo padezco de la cadera, ¿sabe? Si meto el pie en un hoyo sin darme cuenta, ¡veo las estrellas!

Esto es el colmo, encima justificándose. ¿No se le cae la cara de vergüenza?

—A mí me da igual. Si vuelvo a ver a su perro meándose en mi puerta, lo mato. ¿Entiende?

—Muchas gracias, pero no hace falta, ya lo ato yo. Y lo llevaré bien atado de ahora en adelante. Tenga usted un buen día.

Ahora se hace el amable, pero en realidad me odia. ¿Cómo puede tener esa doble cara? Yo no soy amable, lo reconozco, pero al menos digo la verdad a la cara, no voy manipulando a la gente. Porque lo he dicho claramente: lo mato. Él se ha hecho el sordo, pero estoy seguro de que lo ha entendido. “Lo llevaré bien atado de ahora en adelante” para que evitar que usted lo mate, eso es lo que ha querido decir. Si hubiera querido ser amable, me hubiera dicho: “Perdone, ahora mismo me llevo sus zapatillas para lavarlas”. Pero no, ahora tendré que darle las zapatillas a Lenny para que las lave.

—¿Lavar yo tus zapatillas meadas? ¿Qué quieres, que las meta en la lavadora con la ropa normal? ¡Qué asco! Eso hay que lavarlo a mano, en la pila del patio trasero. Toma, usa este jabón.

¡En la pila del patio trasero, que sale el agua helada! Bueno, eso si sale, porque la semana pasada hizo tanto frío que no salía el agua por el grifo. Y tendré que ponerme unos guantes, porque no pienso tocar eso. Brrr, sale el agua helada, se siente el frío cortante a través de los guantes de goma. Hay que frotar bien, que el olor es muy fuerte. Y ahora las pondré encima de la estufa, que hoy no seca el día.



—Cariño, huele a quemado. ¿No habrás puesto el sillón otra vez tocando la estufa?

¡Cielos! ¡Se me habían olvidado las zapatillas! ¡Vaya, qué desastre, para tirarlas, totalmente chamuscadas y el plástico derretido! Pero esta será la última vez: si el perro se vuelve a mear, cumpliré mi amenaza.



5 de enero. 10 de la mañana. Estoy esperando al perro de McQueen, con las botas de goma puestas. Vaya, parece que hoy se retrasa. Voy a salir otra vez a comprobar que no se ha meado aún. ¡Oh, no! ¿Cómo es posible? No ha pasado nadie por delante de la puerta desde las 8 de la mañana, cuando salí a comprobar que aún estaba limpia. Otra vez se le habrá escapado. Pero esto no va a quedar aquí, voy ahora mismo a hablar seriamente con él.



—¿Rufus? No, imposible, no ha salido todavía, hoy está pachucho, como su dueño. Tenga usted en cuenta que tiene 12 años y eso, para un perro, equivale a 84 años humanos, ya sabe, cada año de un perro son como 7 años humanos. ¿O eran 6 años humanos?

—Creo que eso depende de la raza…

—Pues lo que usted dice habrá sido un perro callejero, últimamente he visto alguno por aquí.

—Imposible, lo desinfecto con lejía cada vez que su perro se mea, para que no atraiga a los otros perros.

—Pero los perros no solo se guían por el olfato, también les gusta marcar con orina los objetos llamativos, y su puerta está como nueva, con ese brillo y ese color verde, tan llamativo que a mi perro le encanta orinar allí.

—La pinté el mes pasado —digo, tratando de ocultar mi furia.

—Si es que es usted muy cuidadoso, se nota nada más ver la fachada de su casa, todo tan limpio y bien conservado. Y también es que usted cuenta con la ayuda de su mujer. Yo en cambio, desde que me quedé viudo, tengo la casa más bien descuidada, ahora tengo muchas cosas de qué ocuparme y cada vez menos energía.

—Entonces, ¿seguro que no ha sido su perro?

—Seguro. Además, he decidido que a partir de hoy pasearé al perro hacia el otro lado de la calle. Ya sabe usted que siempre doy una vuelta a la manzana, y de ese modo cuando el perro pase por delante de su puerta ya no tendrá más gana de hacer pipí. Aunque usted le vea levantar la pata, ya no sale nada. ¡Es simplemente el instinto de marcar territorio!

—¡Pues procure usted que no levante la pata delante de mi puerta!

—A veces es difícil, es como un rayo, ¿sabe? Levanta la pata y dispara como una pistola de agua. Pero ya le queda poco, ¿sabe? Hoy se le ve pachucho. Creo que ya le queda poco, como a mí.

—Bueno, nunca se sabe, a veces uno más joven muere antes que otro más viejo.



El perro es bastante viejo. De hecho, su dueño ya se ha hecho a la idea de que morirá pronto. No será una gran pérdida para él. Con unas salchichas envenenadas será rápido. Las pondré delante de la puerta, y cuando pase no podrá resistirse. Voy a la droguería a comprar veneno.



—¿Un veneno lento?

—Sí, que no actúe de inmediato, sino más tarde. Verá, es que no quiero encontrarme las ratas muertas en mi casa, quiero que mueran en su nido, o en su casa, o donde sea.

—Ah, un veneno retardado. Lo tenemos.

—¿Me devolverá el dinero si no funciona?

—Le aseguro que funciona. Usted no volverá a ver las ratas.

—Y si no veo las ratas, ¿cómo sabré que han muerto? A lo mejor simplemente el líquido las ha ahuyentado.

—¿Y no quería usted un líquido para ahuyentar perros, cuando vino usted aquí el otro día? Pues úselo como ahuyentador. Desde luego, ya le expliqué que no podemos devolver el dinero cuando el paquete ha sido abierto.

¿Cómo le digo que necesito estar seguro de que el animal ha muerto? Bueno, tiene razón, si no sirve como veneno, lo usaré de ahuyentador. El caso es que no se acerque más ningún perro a mi puerta.

—Ahora bien, yo si fuera usted, no ahuyentaría a los perros. Las ratas le temen a los perros, ¿sabe? Donde hay muchos perros no se acercan las ratas.

¡Esto es el colmo! Ahora tengo que tener la puerta meada para que no se acerquen las ratas. Menos mal que en mi calle no suele haber ratas. ¿O será porque está cerca el perro del vecino? Bueno, de momento vamos a ocuparnos del perro y luego nos ocuparemos de las ratas.



Y ahora, ¿cómo meto el veneno dentro de la salchicha? Lo intento con una jeringa, pero el líquido sale por el mismo agujero. Quizás dejándolas en remojo unas cuantas horas. Voy a vaciar el líquido de un bote de salchichas y a reemplazarlo por el veneno. Y le voy a poner otra vez la tapadera para evitar que se derrame. Vaya, el veneno tiene el mismo color que el líquido original, se podría confundir. Sacaré todas las cosas de la alacena y lo pondré en el fondo, y luego pondré otra vez todos los paquetes y latas delante, así Lenny no se confundirá. Esta noche, antes de acostarme, pondré las salchichas delante de la puerta. El primer perro que pase, sea el perro del vecino o un perro callejero, ¡pam! ¡Se acabó! Luego, si desaparecen las salchichas, le preguntaré al vecino por su perro, como para interesarme por su salud. Así sabré si se las ha comido un perro callejero o el maldito Rufus.



—¡Qué rica esta sopa de coles! ¿La has hecho con una receta nueva? Sabe diferente.

—Es que le he echado unas salchichas que me he encontrado al fondo de la alacena, cuando he sacado todo para limpiarla. Sabe Dios el tiempo que llevarán allí, seguramente desde que vinieron tus sobrinos el verano pasado. He pensado que le darían buen gusto al guiso, pero luego no te las he echado en el plato porque sé que te sientan mal y te hacen la digestión pesada.

¡Digestión pesada! De repente siento un dolor en el estómago. ¿Será el veneno actuando ya, tan pronto? Pero el veneno es para ratas, a los humanos no nos matará, supongo.

—¿Estás mal? Te veo muy pálido.

—No es nada, estoy cansado, me voy a echar en la cama para reposar la comida. Y tira lo que ha sobrado de sopa.

—Pero, ¿por qué? ¿No quieres terminarla otro día?

—No. Creo que algún aditivo de la salchicha ha pasado al caldo y me está sentando mal. Como a ti no te gusta el aroma de la col, mejor la tiras. Y las salchichas también.

—Se las he dado al perro del vecino. Ya sabes que yo no me las puedo comer porque estoy a dieta y me daba lástima tirarlas.

Subo la escalera, agarrándome al pasamanos, y voy directo al cuarto de baño. Intento vomitar, pero siempre me ha costado trabajo. Por fin lo consigo y me meto en la cama. ¿Lo habré expulsado todo? Me siento mareado. Se oye ladrar al perro del vecino, o más bien es un lamento, una queja prolongada. A mí también me dan ganas de llorar por el dolor de estómago, pero no quiero llamar la atención de Lenny, o tendré que explicarle todo. Estoy aún más mareado, creo que me voy a dormir, a ver si así se me pasa. Ya parece que se escuchan menos los lamentos de Rufus.



6 de enero. 8 de la mañana. Un día soleado: me despiertan los primeros rayos de sol entrando por la ventana. Lenny no está a mi lado, qué raro, se habrá levantado temprano. Ah, está en la cocina preparándose un té. Tiene cara de no haber dormido apenas. ¡Anda! Mi cuñada está sentada en el sofá.

—¡Buenos días, Dory! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo tú aquí tan temprano?

No me contesta. Algo le debe pasar. Se le ve muy apesadumbrada, sumida en sus pensamientos mientras su hermana prepara el té. Es extraño, tan temprano, debe ser algo serio. Bueno, ahora le preguntaré, voy a ver si se ha meado el perro en la puerta de la verja. Ah, no, ¡por fin! ¿Ves como no era un perro callejero? Era Rufus el que se meaba, sin duda. Bueno, ahora McQueen ya no tendrá que salir temprano con tanto frío para pasear al perro. Ya tiene una edad, debe cuidarse. Al principio echará de menos al perro, pero se acostumbrará. ¡Ya casi lo daba por muerto!

¿Campanas? ¿Por qué suenan las campanas de la Iglesia? Ah, es 6 de enero, debe haber alguna celebración religiosa. Mira, ahí viene el servicio municipal de limpieza, para recoger el cadáver del perro del vecino, supongo. Sí, lo han sacado en una bolsa grande. ¡Qué día tan bonito! ¡Todos los colores se ven maravillosos! ¡Qué limpio el aire, y no hace frío!

Me doy la vuelta y veo a Dory y Lenny alejándose en el sentido opuesto de la calle. Van cogidas del brazo y vestidas de negro, cualquiera diría que van a un funeral. De nuevo suenan las campanas. Bueno, a mi nunca me han interesado las celebraciones religiosas, y menos un funeral. Habrá muerto algún vecino. ¡No creo que sea el funeral del perro, jajaja!

Ya vienen de vuelta. Ha pasado un buen rato.

—Creo que fueron las salchichas, a él nunca le sentaron bien. Y justo después de comer se quejó del estómago.

—Bueno, no te preocupes, ya estará descansando. Por fin se ha liberado de esa obsesión que le torturaba, siempre pendiente de cada detalle de la fachada de su casa, para que esté impecable.

—Pues sí. Y ahora ¿quién cuidará de todas esas cosas?

¿Quién va a cuidar de ellas? Yo, por supuesto. No pienso moverme de aquí. Ahora que ya he conseguido librarme de ese Rufus, tengo que vigilar que no venga ningún perro callejero a mearse en mi puerta. Mira, ahí viene uno. ¡Eh, tú, fuera! ¡Fuera he dicho! ¿No me oyes? Pues voy a abrir la puerta para que no te mees en ella.

—Oye, Dory, ¿tú has visto la puerta abrirse sola cuando ese perro se acercaba?

EL DEDO Aquel iba a ser el golpe de nuestra vida. ¡Y vaya si lo fue! Conseguir el anestésico en tan gran cantidad, sin despertar sospech...